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    <title>jordibargallo</title>
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    <pubDate>Fri, 18 Sep 2026 08:41:32 +0000</pubDate>
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      <title>El policía</title>
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      <description>&lt;![CDATA[Hacía frio y caía una lluvia ligera y persistente. Por televisión estaban a punto de retransmitir lo que llamaban el partido del siglo. Las calles vacías, las plazas vacías, la naturaleza vacía, el mundo vacío. Solo las casas y los bares estaban llenos. Era el momento ideal para salir a pasear sin que nadie te molestara.&#xA;&#xA;Cogí el coche y me metí en una apartada carretera secundaria, o terciaria tal vez, con la intención de parar en algún descampado y pasear. Llegué a una rotonda de esas que ya comienzan a ser habituales en los cruces de carreteras, justo a unos doscientos metros de la entrada de un pueblo. En medio de ese moderno reductor de complejidad, un aviso: “circule con precaución, tramo de concentración de accidentes”. Nadie a la vista, o casi nadie. De repente apareció un policía de tráfico que me hizo señas para que parara el coche en el arcén. Abrí la ventanilla mientras se me acercaba con cara de pocos amigos. Repasé mentalmente y con rapidez qué artículo del código de circulación podía haber infringido. Aunque sabía que no iba a servir de mucho.&#xA;&#xA;—Buenos días, —empezó.&#xA;&#xA;—Si usted lo dice…&#xA;&#xA;—¿Cómo?&#xA;&#xA;—Nada, nada, dígame usted.&#xA;&#xA;—Es que me había parecido entender algo así como un “si usted lo dice” ligeramente burlesco…&#xA;&#xA;—Sí, eso es lo que he dicho, pero sin ese ánimo, créame. Como está lloviendo, hace frio y ninguna de esas cosas les gusta demasiado a la gente, pues… No entraba en mis planes molestarle con ninguna clase de burla…&#xA;&#xA;—Ah, bien, pero ¡váyase con cuidado y modere su lenguaje!&#xA;&#xA;Asentí con la cabeza mientras pensaba que había comenzado una nueva relación con alguien de mi especie de mala manera. Intentaría rectificar. &#xA;&#xA;—Enséñeme la documentación.&#xA;&#xA;Le pasé el carnet de conducir y los papeles del coche.&#xA;&#xA;—Parece que están bien, aunque nunca se sabe, hay mucho falsificador hoy en dia.&#xA;&#xA;—Cierto, cierto, pero yo no tengo ni idea de cómo falsificar nada, créame.&#xA;&#xA;—Lo tendré en cuenta, de momento. Bien, ¿se puede saber dónde va, en un día tan desagradable cómo el de hoy? ¿Y a su edad?&#xA;&#xA;—¿Desagradable? Creí que había comenzado diciéndome algo así como buenos días…&#xA;&#xA;—Otra vez con su lenguaje de marras. Era una expresión de buena voluntad con la que los psicólogos del cuerpo nos aconsejan empezar nuestras interacciones para relajar al personal…&#xA;&#xA;—Ah, de acuerdo. Tenía que haberlo imaginado. ¿Y lo de mi edad? Ya soy mayorcito para salir de casa, ¿no?&#xA;&#xA;—Sí, sí, pero son los días en los que los accidentes de tráfico son más frecuentes. &#xA;&#xA;—Ah, pues gracias por preocuparse por mi. Ya he visto el letrero. La verdad es que tenía la intención de pararme un par de kilómetros pasado el pueblo para pasear un poco por el campo…&#xA;&#xA;—Pues esa ya es una actitud sospechosa. No irá a robar nada, ¿eh? Sin ir más lejos, el otro día robaron 280 cerezos de un campo cercano.&#xA;&#xA;—No sabía que por aquí hubieran cerezos…&#xA;&#xA;—Los había, ahora ya no los hay —me aclaró el policía, entristecido.&#xA;&#xA;—Pues le aseguro que yo no fui. No me gustan las cerezas, pero es que si fuera a robar algo tampoco se lo diría, ¿no cree?&#xA;&#xA;—Ya, reconozco que es una buena observación, pero no se pase conmigo que fui el primero de mi promoción, ¿eh?&#xA;&#xA;—Tranquilo, no es esa mi intención. Y, ¿cuántos eran?&#xA;&#xA;—¿Los cerezos? Ya se lo he dicho…&#xA;&#xA;—No, los de su promoción.&#xA;&#xA;—Pues, el hecho es que no recuerdo, pero bastantes y muy bien dispuestos.&#xA;&#xA;—¿Dispuestos a qué?&#xA;&#xA;El servidor de la ley, dudó un instante.&#xA;&#xA;—Pues supongo que a todo…&#xA;&#xA;—¡Ah!&#xA;&#xA;—Bien, no se dónde estábamos ya. Y además, soy yo el que pregunta, ¡demonios! Utiliza un lenguaje extraño y me despista. Y eso, luego ya miraré el código penal, a buen seguro que debe ser un delito o, al menos, una falta grave hacia la autoridad.&#xA;&#xA;—¡Caramba! Como se están poniendo las cosas. Le aseguro que no es esa mi intención.&#xA;&#xA;—Continuemos. Así que a pasear por el campo, ¿eh? Últimamente ha habido ciertos robos por aquí, como ya le he dicho, y hay que andarse con cuidado. Y además, hoy no es el mejor dia para pasear por el campo. Su presunta coartada es difícil de creer, ¿no?&#xA;&#xA;—Tal vez, pero si se esfuerza un poco ya verá como se la cree, no es tan complicado y bueno, ¡deje de preocuparse tanto por mi! Llevo un buen impermeable por si llueve más fuerte.&#xA;&#xA;—No lo digo por eso. ¿Es que no se ha enterado que hoy dan el partido del siglo, el clásico, por televisión? Debería estar en su casa delante del televisor.&#xA;&#xA;—Ah, se trata de eso. Pues mire, es que yo odio el fútbol y…&#xA;&#xA;—Lo ve, ya tengo otro problema con usted. Esta afirmación podría constituir un delito de odio…&#xA;&#xA;—Caray, lo decía en sentido figurado. La expresión correcta es no “me gusta el fútbol” y, por si fuera poco, no tengo televisor, así que ya ve, lo tengo complicado.&#xA;&#xA;—¡Dios mio! Usted acabará sus días entre rejas. Posible delito de odio y encima, por si fuera poco, no tiene televisión. Sepa que aún no es delito pero el proyecto de ley para que lo sea ya está en fase de discusión. ¿Se puede saber por qué?&#xA;&#xA;Tenía que meditar bien mi respuesta. No había alternativa. Intenté ganar algo de tiempo.&#xA;&#xA;—Ejem… ¿En fase de discusión? En dónde, ¿en el senado?&#xA;&#xA;—Pues no sabría decirle, pero de fuentes generalmente bien informadas, puedo adelantarle que se publicará en breve.&#xA;&#xA;—¿Podría traducirme “en breve”?&#xA;&#xA;Me miró con cara de sorpresa, aunque a decir verdad hasta el momento solo me había mirado con esa expresión en la cara.&#xA;&#xA;—Pues, ¡yo que se! —Y entonces utilizó una frase que debía haber leido por ahí. —¡Seguramente será antes de que termine la legislatura!&#xA;&#xA;—Ah, tomaré nota. Pues la verdad es que no tengo televisión porque, aquí seguro que aunque sea por una vez me dará usted la razón, los programas más interesantes son todos de pago. Y con lo que uno gana, pues…&#xA;&#xA;—¡Ajá! Pues no se me había ocurrido. Lo pensaré detenidamente. Pero ya está usted avisado, antes de que acabe la legislatura…&#xA;&#xA;—Se lo agradezco de verás. Es usted un fenómeno. ¡Ojalá todos los policías fuesen como usted! Bueno, todos quizás no, solo algunos…&#xA;&#xA;__¡Sigamos! ¿A qué se dedica?&#xA;&#xA;—Pues a nada en concreto. Estoy jubilado.&#xA;&#xA;—Bueno, pues antes de jubilarse, entonces.&#xA;&#xA;—Escribía.&#xA;&#xA;—Pues es otro punto en su contra, ¿no cree? Escritor es algo que ya no está muy bien visto hoy en día.&#xA;&#xA;—Qué quiere que le haga. No sabía hacer otra cosa.&#xA;&#xA;—Pues debería olvidar su antiguo oficio ya. Con la televisión y los ordenadores, los libros ya no sirven para nada.&#xA;&#xA;—Vamos, agente, no sea así. Seguro que si lo lee uno le gustará. Tenga, le regalo uno que llevo aquí en el coche…&#xA;&#xA;—No se pase conmigo, eh. Yo de leer, nada de nada. Ni leer, ni pensar. Hasta el código de circulación lo tengo grabado en audio por si lo necesito.&#xA;&#xA;—Bien, yo se lo regalo de todos modos. Si no lo quiere leer, entonces quémelo. Seguro que le gustará hacerlo.&#xA;&#xA;—¡Ah! Pues eso sí que lo probaré, seguro que es un placer. Muchas gracias.&#xA;&#xA;—De nada.&#xA;&#xA;—Bien, ¡se acabó la charla! Voy a registrarle el coche. ¡Abra el maletero!&#xA;&#xA;—Está abierto, puede ver el contenido cuando lo desee.&#xA;&#xA;Abrió el maletero y volvió enseguida.&#xA;&#xA;—Pues realmente no veo nada sospechoso…&#xA;&#xA;—Es que no hay nada, ni sospechoso ni no sospechoso. Está vacío.&#xA;&#xA;—Solo esta bolsa negra… Ajá, estas herramientas sí que son sospechosas. Podrían usarse para los más variados fines delictivos ¿Para qué las ha puesto ahí?&#xA;&#xA;—Pues, si he de ser sincero, las puso hace un par de años el fabricante del coche. Son para utilizar en caso de avería, un pinchazo, ya sabe…&#xA;&#xA;—Es verdad, sí, suelen hacerlo. Creo que el mío también tiene una parecida. Luego lo comprobaré. Es que siempre hemos de estar alerta. Los delincuentes se las saben todas…&#xA;&#xA;—Y ustedes también, por lo que deduzco..&#xA;&#xA;—Claro, claro, —dijo mientras pensaba si tomarlo como una halago o no.&#xA;&#xA;—Bien, pues parece que todo está correcto. Así que ya puede continuar. Atraviese el pueblo, tome la calle de la Constitución y siga recto.&#xA;&#xA;—Ah, creía que la calle de la Constitución ya no llevaba a ninguna parte.&#xA;&#xA;—Claro que lleva a alguna parte. Además en el pueblo se sienten orgullos porque la hicieron entre todos. ¡Nunca deje de seguir la calle de la Constitución!…&#xA;&#xA;—¿Qué es lo que hicieron entre todos, la calle o la Constitución?&#xA;&#xA;—Otra vez jugando al despiste, ¿no?&#xA;&#xA;—Disculpe, es que… me lo pone usted tan fácil que… lo tendré en cuenta, muchas gracias. Siempre he respetado la ley aunque a veces no hay quien la entienda.&#xA;&#xA;—Ah, pero el desconocimiento de la ley no exime de su cumplimiento. Y un consejo importante. Vigile su lenguaje.&#xA;&#xA;—Lo haré, tenga usted cuidado.&#xA;&#xA;—Y piense que, a pesar de algunas cosillas que debería usted corregir, me ha caído bien. Pero podría empapelarle, por lenguaje inadecuado con la autoridad, delito de odio, intento de despiste a la autoridad competente, actitud sospechosa en dia de lluvia… Ya ve usted, no nos acabaríamos el código penal.&#xA;&#xA;—Pues muchas gracias. Si he de decirle la verdad nunca me había visto tan cerca de la cárcel. ¡Qué tenga usted un buen dia!&#xA;&#xA;Arranqué con calma, más despacio de lo habitual. La saludé con la mano y entré en el pueblo dispuesto a acatar el paso por la calle de la Constitución. Unos kilómetros después aparqué el vehículo y entré por un camino estrecho entre campos de cultivos para pasear un poco.&#xA;&#xA;No se cuánto tiempo estuve paseando. Tal vez fueron un par de horas, tal vez algo más. Volví a coger la carretera, di media vuelta, circulé de nuevo por la calle de la Constitución, aunque esta vez la recorrí en sentido contrario con la esperanza de que tal circunstancia no fuera delito y salí del pueblo. Al llegar a lo que antes había sido la entrada y que ahora era la salida el coche de policía volvió a darme el alto. Aparqué en el arcén, paré el motor y abrí la ventanilla.&#xA;&#xA;—¿Todavía por aquí?, le dije&#xA;&#xA;—Ah, es usted. Ya de regreso, veo. ¿Cómo le ha ido el paseo? Tendré que registrar el maletero. He de comprobar que no ha robado usted nada, sabe. No es nada personal.&#xA;&#xA;—No se preocupe. ¿Sabe? Hubo un tiempo que, cuando era pequeño, yo también quise ser policía, mas o menos, como usted.&#xA;&#xA;—¿Otra vez con el lenguaje susceptible de interpretaciones inadecuadas?&#xA;&#xA;—Disculpe, creo que antes ya ha quedado claro que mi ánimo no es el de molestarle.&#xA;&#xA;—Bien, bien. Parece que todo está correcto. Ah, por cierto, una cosa más antes de que arranque, es posible que de aquí tres o cuatro días reciba usted una llamada de la central operativa de la capital. Le harán una encuesta para valorar la atención y el trato recibido. Espero que sea usted consecuente, ¿eh?&#xA;&#xA;—Quédese usted tranquilo. Le pondré la mejor nota posible. Además la herida que tengo en la pierna me la he hecho yo solo cuando me he caído al volver.&#xA;&#xA;—Es que están a punto de ascenderme y, sabe, todo cuenta.&#xA;&#xA;—Que bonito, ¡Un ascenso! ¿Y cambiará usted de trabajo?&#xA;&#xA;—Mucho, mucho. Bien, en realidad quizás no tanto. Me enviarán a una de esas rotondas modernas. Pero habrá más tráfico, estaré más ocupado y tendré un compañero.&#xA;&#xA;—¡Un compañero¡ ¡eso es fantástico! Pues, de verdad que me alegro. Por cierto, ¿cómo ha acabado el clásico?&#xA;&#xA;—¡No me ofenda usted! Como quiera que lo sepa. Cuando estamos de servicio, nada de diversión. Piense que el trabajo es duro.&#xA;&#xA;—Cierto otra vez. ¿A cuántos coche ha parado hoy?&#xA;&#xA;—Pues a decir verdad, solo a usted… Pero, créame que me ha dado más trabajo que si fueran cien.&#xA;&#xA;—Eso si que lo entiendo, sí. Hasta la vista. Esperaré la llamada de la Central con impaciencia. Será la primera vez que colaboro en el ascenso de un policía. Me hace mucha ilusión. Mire, mire, creo que por ahí le llega otro cliente. ¡Trátelo bien, piense en su ascenso!&#xA;&#xA;Esta vez arranqué mucho más deprisa, pero no se dio cuenta. Ya le estaba indicando a aquella pobre chica del Mercedes que parara en el arcén, mientras debía seguir pensado en la nueva rotonda que le iban a asignar tras el ascenso.&#xA;&#xA;Cogí la carretera de regreso conduciendo mucho más despacio de lo habitual. No quería un nuevo encuentro, del tipo que fuera, con otro policía deseoso de ascender. &#xA;&#xA;Justo cuando estaba en el portal de casa me llamaron al móvil. Eran de la policía. Querían saber mi opinión sobre el trato recibido hoy. La policía debía estar más ansiosa por el ascenso de su celoso agente de lo que yo creía, pues no habían transcurrido ni tres cuartos de hora desde mi encuentro. Le pregunté a la voz que me hablaba si se trataba de un robot y me aclaró que no. Pero inmediatamente caí en la cuenta de que si fuera un robot tampoco me lo hubiera dicho. Le dije que es que no me apetecía nunca hablar con robots. Tal vez en unos años. Lo entendió pues a ella, se trataba de una mujer policía, le ocurría lo mismo. Le pregunté que de dónde me llamaba porque notaba en su voz un acento algo extraño. Me dijo que de un pueblecito de México y me explicó las ventajas del teletrabajo. Un poco sorprendido le contesté unas cuantas preguntas sobre el agente. Antes de explicarle a la voz mi experiencia me pareció bien preguntarle, por si acaso, si existía, o tal vez estaba en trámite en el senado, un delito de exceso de halagos. Me dijo la voz que no le constaba que existiera nada parecido, de modo que mi informe fue del todo halagüeño. Quizás me serviría de algo algún día. Antes de colgar la teletrabajadora mexicana me comunicó que, en un plazo de un par de días, recibiría otra llamada para preguntarme si estaba contento con la atención que ella me acabada de ofrecer. &#xA;&#xA;Suspiré profundamente, colgué y me fui directo a la cama.]]&gt;</description>
      <content:encoded><![CDATA[<p>Hacía frio y caía una lluvia ligera y persistente. Por televisión estaban a punto de retransmitir lo que llamaban el partido del siglo. Las calles vacías, las plazas vacías, la naturaleza vacía, el mundo vacío. Solo las casas y los bares estaban llenos. Era el momento ideal para salir a pasear sin que nadie te molestara.</p>

<p>Cogí el coche y me metí en una apartada carretera secundaria, o terciaria tal vez, con la intención de parar en algún descampado y pasear. Llegué a una rotonda de esas que ya comienzan a ser habituales en los cruces de carreteras, justo a unos doscientos metros de la entrada de un pueblo. En medio de ese moderno reductor de complejidad, un aviso: “circule con precaución, tramo de concentración de accidentes”. Nadie a la vista, o casi nadie. De repente apareció un policía de tráfico que me hizo señas para que parara el coche en el arcén. Abrí la ventanilla mientras se me acercaba con cara de pocos amigos. Repasé mentalmente y con rapidez qué artículo del código de circulación podía haber infringido. Aunque sabía que no iba a servir de mucho.</p>

<p>—Buenos días, —empezó.</p>

<p>—Si usted lo dice…</p>

<p>—¿Cómo?</p>

<p>—Nada, nada, dígame usted.</p>

<p>—Es que me había parecido entender algo así como un “si usted lo dice” ligeramente burlesco…</p>

<p>—Sí, eso es lo que he dicho, pero sin ese ánimo, créame. Como está lloviendo, hace frio y ninguna de esas cosas les gusta demasiado a la gente, pues… No entraba en mis planes molestarle con ninguna clase de burla…</p>

<p>—Ah, bien, pero ¡váyase con cuidado y modere su lenguaje!</p>

<p>Asentí con la cabeza mientras pensaba que había comenzado una nueva relación con alguien de mi especie de mala manera. Intentaría rectificar. </p>

<p>—Enséñeme la documentación.</p>

<p>Le pasé el carnet de conducir y los papeles del coche.</p>

<p>—Parece que están bien, aunque nunca se sabe, hay mucho falsificador hoy en dia.</p>

<p>—Cierto, cierto, pero yo no tengo ni idea de cómo falsificar nada, créame.</p>

<p>—Lo tendré en cuenta, de momento. Bien, ¿se puede saber dónde va, en un día tan desagradable cómo el de hoy? ¿Y a su edad?</p>

<p>—¿Desagradable? Creí que había comenzado diciéndome algo así como buenos días…</p>

<p>—Otra vez con su lenguaje de marras. Era una expresión de buena voluntad con la que los psicólogos del cuerpo nos aconsejan empezar nuestras interacciones para relajar al personal…</p>

<p>—Ah, de acuerdo. Tenía que haberlo imaginado. ¿Y lo de mi edad? Ya soy mayorcito para salir de casa, ¿no?</p>

<p>—Sí, sí, pero son los días en los que los accidentes de tráfico son más frecuentes. </p>

<p>—Ah, pues gracias por preocuparse por mi. Ya he visto el letrero. La verdad es que tenía la intención de pararme un par de kilómetros pasado el pueblo para pasear un poco por el campo…</p>

<p>—Pues esa ya es una actitud sospechosa. No irá a robar nada, ¿eh? Sin ir más lejos, el otro día robaron 280 cerezos de un campo cercano.</p>

<p>—No sabía que por aquí hubieran cerezos…</p>

<p>—Los había, ahora ya no los hay —me aclaró el policía, entristecido.</p>

<p>—Pues le aseguro que yo no fui. No me gustan las cerezas, pero es que si fuera a robar algo tampoco se lo diría, ¿no cree?</p>

<p>—Ya, reconozco que es una buena observación, pero no se pase conmigo que fui el primero de mi promoción, ¿eh?</p>

<p>—Tranquilo, no es esa mi intención. Y, ¿cuántos eran?</p>

<p>—¿Los cerezos? Ya se lo he dicho…</p>

<p>—No, los de su promoción.</p>

<p>—Pues, el hecho es que no recuerdo, pero bastantes y muy bien dispuestos.</p>

<p>—¿Dispuestos a qué?</p>

<p>El servidor de la ley, dudó un instante.</p>

<p>—Pues supongo que a todo…</p>

<p>—¡Ah!</p>

<p>—Bien, no se dónde estábamos ya. Y además, soy yo el que pregunta, ¡demonios! Utiliza un lenguaje extraño y me despista. Y eso, luego ya miraré el código penal, a buen seguro que debe ser un delito o, al menos, una falta grave hacia la autoridad.</p>

<p>—¡Caramba! Como se están poniendo las cosas. Le aseguro que no es esa mi intención.</p>

<p>—Continuemos. Así que a pasear por el campo, ¿eh? Últimamente ha habido ciertos robos por aquí, como ya le he dicho, y hay que andarse con cuidado. Y además, hoy no es el mejor dia para pasear por el campo. Su presunta coartada es difícil de creer, ¿no?</p>

<p>—Tal vez, pero si se esfuerza un poco ya verá como se la cree, no es tan complicado y bueno, ¡deje de preocuparse tanto por mi! Llevo un buen impermeable por si llueve más fuerte.</p>

<p>—No lo digo por eso. ¿Es que no se ha enterado que hoy dan el partido del siglo, el clásico, por televisión? Debería estar en su casa delante del televisor.</p>

<p>—Ah, se trata de eso. Pues mire, es que yo odio el fútbol y…</p>

<p>—Lo ve, ya tengo otro problema con usted. Esta afirmación podría constituir un delito de odio…</p>

<p>—Caray, lo decía en sentido figurado. La expresión correcta es no “me gusta el fútbol” y, por si fuera poco, no tengo televisor, así que ya ve, lo tengo complicado.</p>

<p>—¡Dios mio! Usted acabará sus días entre rejas. Posible delito de odio y encima, por si fuera poco, no tiene televisión. Sepa que aún no es delito pero el proyecto de ley para que lo sea ya está en fase de discusión. ¿Se puede saber por qué?</p>

<p>Tenía que meditar bien mi respuesta. No había alternativa. Intenté ganar algo de tiempo.</p>

<p>—Ejem… ¿En fase de discusión? En dónde, ¿en el senado?</p>

<p>—Pues no sabría decirle, pero de fuentes generalmente bien informadas, puedo adelantarle que se publicará en breve.</p>

<p>—¿Podría traducirme “en breve”?</p>

<p>Me miró con cara de sorpresa, aunque a decir verdad hasta el momento solo me había mirado con esa expresión en la cara.</p>

<p>—Pues, ¡yo que se! —Y entonces utilizó una frase que debía haber leido por ahí. —¡Seguramente será antes de que termine la legislatura!</p>

<p>—Ah, tomaré nota. Pues la verdad es que no tengo televisión porque, aquí seguro que aunque sea por una vez me dará usted la razón, los programas más interesantes son todos de pago. Y con lo que uno gana, pues…</p>

<p>—¡Ajá! Pues no se me había ocurrido. Lo pensaré detenidamente. Pero ya está usted avisado, antes de que acabe la legislatura…</p>

<p>—Se lo agradezco de verás. Es usted un fenómeno. ¡Ojalá todos los policías fuesen como usted! Bueno, todos quizás no, solo algunos…</p>

<p>__¡Sigamos! ¿A qué se dedica?</p>

<p>—Pues a nada en concreto. Estoy jubilado.</p>

<p>—Bueno, pues antes de jubilarse, entonces.</p>

<p>—Escribía.</p>

<p>—Pues es otro punto en su contra, ¿no cree? Escritor es algo que ya no está muy bien visto hoy en día.</p>

<p>—Qué quiere que le haga. No sabía hacer otra cosa.</p>

<p>—Pues debería olvidar su antiguo oficio ya. Con la televisión y los ordenadores, los libros ya no sirven para nada.</p>

<p>—Vamos, agente, no sea así. Seguro que si lo lee uno le gustará. Tenga, le regalo uno que llevo aquí en el coche…</p>

<p>—No se pase conmigo, eh. Yo de leer, nada de nada. Ni leer, ni pensar. Hasta el código de circulación lo tengo grabado en audio por si lo necesito.</p>

<p>—Bien, yo se lo regalo de todos modos. Si no lo quiere leer, entonces quémelo. Seguro que le gustará hacerlo.</p>

<p>—¡Ah! Pues eso sí que lo probaré, seguro que es un placer. Muchas gracias.</p>

<p>—De nada.</p>

<p>—Bien, ¡se acabó la charla! Voy a registrarle el coche. ¡Abra el maletero!</p>

<p>—Está abierto, puede ver el contenido cuando lo desee.</p>

<p>Abrió el maletero y volvió enseguida.</p>

<p>—Pues realmente no veo nada sospechoso…</p>

<p>—Es que no hay nada, ni sospechoso ni no sospechoso. Está vacío.</p>

<p>—Solo esta bolsa negra… Ajá, estas herramientas sí que son sospechosas. Podrían usarse para los más variados fines delictivos ¿Para qué las ha puesto ahí?</p>

<p>—Pues, si he de ser sincero, las puso hace un par de años el fabricante del coche. Son para utilizar en caso de avería, un pinchazo, ya sabe…</p>

<p>—Es verdad, sí, suelen hacerlo. Creo que el mío también tiene una parecida. Luego lo comprobaré. Es que siempre hemos de estar alerta. Los delincuentes se las saben todas…</p>

<p>—Y ustedes también, por lo que deduzco..</p>

<p>—Claro, claro, —dijo mientras pensaba si tomarlo como una halago o no.</p>

<p>—Bien, pues parece que todo está correcto. Así que ya puede continuar. Atraviese el pueblo, tome la calle de la Constitución y siga recto.</p>

<p>—Ah, creía que la calle de la Constitución ya no llevaba a ninguna parte.</p>

<p>—Claro que lleva a alguna parte. Además en el pueblo se sienten orgullos porque la hicieron entre todos. ¡Nunca deje de seguir la calle de la Constitución!…</p>

<p>—¿Qué es lo que hicieron entre todos, la calle o la Constitución?</p>

<p>—Otra vez jugando al despiste, ¿no?</p>

<p>—Disculpe, es que… me lo pone usted tan fácil que… lo tendré en cuenta, muchas gracias. Siempre he respetado la ley aunque a veces no hay quien la entienda.</p>

<p>—Ah, pero el desconocimiento de la ley no exime de su cumplimiento. Y un consejo importante. Vigile su lenguaje.</p>

<p>—Lo haré, tenga usted cuidado.</p>

<p>—Y piense que, a pesar de algunas cosillas que debería usted corregir, me ha caído bien. Pero podría empapelarle, por lenguaje inadecuado con la autoridad, delito de odio, intento de despiste a la autoridad competente, actitud sospechosa en dia de lluvia… Ya ve usted, no nos acabaríamos el código penal.</p>

<p>—Pues muchas gracias. Si he de decirle la verdad nunca me había visto tan cerca de la cárcel. ¡Qué tenga usted un buen dia!</p>

<p>Arranqué con calma, más despacio de lo habitual. La saludé con la mano y entré en el pueblo dispuesto a acatar el paso por la calle de la Constitución. Unos kilómetros después aparqué el vehículo y entré por un camino estrecho entre campos de cultivos para pasear un poco.</p>

<p>No se cuánto tiempo estuve paseando. Tal vez fueron un par de horas, tal vez algo más. Volví a coger la carretera, di media vuelta, circulé de nuevo por la calle de la Constitución, aunque esta vez la recorrí en sentido contrario con la esperanza de que tal circunstancia no fuera delito y salí del pueblo. Al llegar a lo que antes había sido la entrada y que ahora era la salida el coche de policía volvió a darme el alto. Aparqué en el arcén, paré el motor y abrí la ventanilla.</p>

<p>—¿Todavía por aquí?, le dije</p>

<p>—Ah, es usted. Ya de regreso, veo. ¿Cómo le ha ido el paseo? Tendré que registrar el maletero. He de comprobar que no ha robado usted nada, sabe. No es nada personal.</p>

<p>—No se preocupe. ¿Sabe? Hubo un tiempo que, cuando era pequeño, yo también quise ser policía, mas o menos, como usted.</p>

<p>—¿Otra vez con el lenguaje susceptible de interpretaciones inadecuadas?</p>

<p>—Disculpe, creo que antes ya ha quedado claro que mi ánimo no es el de molestarle.</p>

<p>—Bien, bien. Parece que todo está correcto. Ah, por cierto, una cosa más antes de que arranque, es posible que de aquí tres o cuatro días reciba usted una llamada de la central operativa de la capital. Le harán una encuesta para valorar la atención y el trato recibido. Espero que sea usted consecuente, ¿eh?</p>

<p>—Quédese usted tranquilo. Le pondré la mejor nota posible. Además la herida que tengo en la pierna me la he hecho yo solo cuando me he caído al volver.</p>

<p>—Es que están a punto de ascenderme y, sabe, todo cuenta.</p>

<p>—Que bonito, ¡Un ascenso! ¿Y cambiará usted de trabajo?</p>

<p>—Mucho, mucho. Bien, en realidad quizás no tanto. Me enviarán a una de esas rotondas modernas. Pero habrá más tráfico, estaré más ocupado y tendré un compañero.</p>

<p>—¡Un compañero¡ ¡eso es fantástico! Pues, de verdad que me alegro. Por cierto, ¿cómo ha acabado el clásico?</p>

<p>—¡No me ofenda usted! Como quiera que lo sepa. Cuando estamos de servicio, nada de diversión. Piense que el trabajo es duro.</p>

<p>—Cierto otra vez. ¿A cuántos coche ha parado hoy?</p>

<p>—Pues a decir verdad, solo a usted… Pero, créame que me ha dado más trabajo que si fueran cien.</p>

<p>—Eso si que lo entiendo, sí. Hasta la vista. Esperaré la llamada de la Central con impaciencia. Será la primera vez que colaboro en el ascenso de un policía. Me hace mucha ilusión. Mire, mire, creo que por ahí le llega otro cliente. ¡Trátelo bien, piense en su ascenso!</p>

<p>Esta vez arranqué mucho más deprisa, pero no se dio cuenta. Ya le estaba indicando a aquella pobre chica del Mercedes que parara en el arcén, mientras debía seguir pensado en la nueva rotonda que le iban a asignar tras el ascenso.</p>

<p>Cogí la carretera de regreso conduciendo mucho más despacio de lo habitual. No quería un nuevo encuentro, del tipo que fuera, con otro policía deseoso de ascender. </p>

<p>Justo cuando estaba en el portal de casa me llamaron al móvil. Eran de la policía. Querían saber mi opinión sobre el trato recibido hoy. La policía debía estar más ansiosa por el ascenso de su celoso agente de lo que yo creía, pues no habían transcurrido ni tres cuartos de hora desde mi encuentro. Le pregunté a la voz que me hablaba si se trataba de un robot y me aclaró que no. Pero inmediatamente caí en la cuenta de que si fuera un robot tampoco me lo hubiera dicho. Le dije que es que no me apetecía nunca hablar con robots. Tal vez en unos años. Lo entendió pues a ella, se trataba de una mujer policía, le ocurría lo mismo. Le pregunté que de dónde me llamaba porque notaba en su voz un acento algo extraño. Me dijo que de un pueblecito de México y me explicó las ventajas del teletrabajo. Un poco sorprendido le contesté unas cuantas preguntas sobre el agente. Antes de explicarle a la voz mi experiencia me pareció bien preguntarle, por si acaso, si existía, o tal vez estaba en trámite en el senado, un delito de exceso de halagos. Me dijo la voz que no le constaba que existiera nada parecido, de modo que mi informe fue del todo halagüeño. Quizás me serviría de algo algún día. Antes de colgar la teletrabajadora mexicana me comunicó que, en un plazo de un par de días, recibiría otra llamada para preguntarme si estaba contento con la atención que ella me acabada de ofrecer. </p>

<p>Suspiré profundamente, colgué y me fui directo a la cama.</p>
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      <pubDate>Tue, 02 Apr 2024 16:46:49 +0000</pubDate>
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      <title>La plaza mágica</title>
      <link>https://jordibargallo.writeas.com/la-plaza-magica?pk_campaign=rss-feed</link>
      <description>&lt;![CDATA[El verano se fue y llegó el otoño. Tal vez lo hizo un poco tarde pero bajo el disfraz de invierno, como si él también se hubiera contagiado de las prisas de los hombres. Las primeras hojas no cayeron por el viento sino por el peso de la escarcha. Sin embargo, tras unos días desapacibles de frio intenso, por lo repentino de su aparición, el otoño volvió a ser otoño. Entonces, por unos días, aún fue agradable pasear y disfrutar de los momentos de sol. Las hojas que quedaban pudieron caer cuando el viento quiso y fueron suficientes para alfombrar calles, plazas y caminos. A la naturaleza le dio tiempo de pintarlas de fantásticos colores y siguió su curso sin sobresaltos.&#xA;&#xA;Ese era más o menos el aspecto que presentaba aquel día la Plaza Mágica, que era, como su nombre indica, mágica de verdad: era redonda y el suelo estaba alfombrado de hojas. Alrededor de ella se agrupaban veinticuatro casitas de dos plantas, con un pequeño jardin en su entrada y un huerto en su parte trasera. Los jardines, todos distintos, significaban la bienvenida de sus moradores a los paseantes fijos u ocasionales que solían transitar por la plaza; los huertos, también todos distintos, los utilizaban para comer sano todo el año e intercambiar frutas y verduras entre sí. Todos sus habitantes gozaban, como es de suponer, de una excelente salud.&#xA;&#xA;Todos ellos sabían que la plaza era mágica y lo llevaban con toda naturalidad, pues la magia se solía manifestar en cosas realmente insignificantes que los demás mortales, acostumbrados al creciente ajetreo de la vida y a ir siempre pendiente de sus móviles, no sabían o no querían apreciar. Como aquel día en que los gorriones fueron dando vueltas a la plaza silbando una fuga de Bach a cuatro voces, o aquel en que el viento comenzó a soplar de un modo organizado para ayudar al empleado del ayuntamiento que tenía que recoger las hojas del suelo, y que había ido a cumplir su misión a pesar de estar aquejado por un fuerte ataque de lumbalgia. !--more--&#xA;&#xA;Sin embargo, como hemos dicho, únicamente los habitantes de las veinticuatro casas solían apreciar estos momentos mágicos. Estas demostraciones de magia no se daban cada dia. A veces podían pasar semanas enteras sin que sucediese nada especial, pero no importaba, ya que todos en la plaza sabían captar de inmediato esos momentos así que empezaban a producirse y los disfrutaban al máximo.&#xA;&#xA;Sin embargo aquel viernes fue distinto ya que se produjeron innumerables hechos mágicos, como si la plaza quisiera disculparse con sus moradores pues ya hacía más de dos meses largos que no sucedía nada relevante. El primer hecho mágico fue que el lechero se equivocó y dejó en cada una de las casas una botella de leche descremada y sin gusto en lugar de la leche fresca habitual que provenía de una pequeña y familiar granja cercana. Todos los habitantes de las casas, niños, adultos o abuelos, consumían siempre leche fresca porque nadie tenía, ni había tenido nunca, problemas con el colesterol, y eso que los médicos del seguro, aquejados de un trastorno obsesivo-recetativo⁠\, les hacían análisis de sangre cada tres meses, como ordenaba el gobierno. De todos modos no le hicieron al lechero ningún comentario al respecto pues, como dijo el catedrático de instituto jubilado Rodriguez a media mañana cuando se descubrió el error, desde hacía exactamente quince años no se producía ninguna equivocación parecida, de modo que no había motivo de preocupación porque cualquiera puede tener un error una vez cada quince años, o incluso tres errores. El hecho mágico se inició esa mañana y se prolongó hasta el dia siguiente cuando el lechero dejó una nota de disculpa personalizada a cada vecino y unos cuantos yogures todos artesanos, de fresa y de frutas del bosque, como regalo.&#xA;&#xA;El segundo hecho fue de índole distinta. Las farolas que iluminaban la plaza no se apagaron de forma automática a primera hora de la mañana como solían hacer sino que permanecieron encendidas todo el dia. El hecho en sí era extraño pues el gobierno enviaba de modo constante a los vecinos normas de cómo ahorrar energía y cómo debían actuar en cada caso. Aquí, evidentemente, no hubo magia sino que esta llegaría más tarde. Que el gobierno, perdón los algoritmos, se equivoquen no es magia, sino algo habitual.&#xA;&#xA;El tercero ocurrió cuando llegó aquel viejo automobil avanzando con dificultad por la calle que daba a la plaza. Lo hizo, a pesar de todo, con la dignidad y la elegancia que le proporcionaba su fecha de nacimiento, época en la que aún no existía la idea de obsolescencia programada y las cosas duraban hasta que uno ya no recordaba cuando las había adquirido. Como le ocurría al refrigerador que tenían mis padres, que parecía seguir enfriando lo que ponías en su interior aunque lo desenchufaras de la corriente. Eso sí, al funcionar, ambos, coche y nevera, proporcionaban al medio ambiente unos cuantos decibelios de más, pero el coche tal vez lo hacía a sabiendas de que de ese modo atraería mejor la atención de la gente. Tampoco parecía ahuyentar a los pájaros que había por los alrededores, sino al contrario, porque aquellos gorriones se pusieron a silbar una especie de marcha de bienvenida. El joven músico que vivía en la casa numero tres dijo que se trataba de los primeros compases de la obertura de Tannhaüser, pero el catedrático de instituto jubilado Rodriguez dijo que era la Trauermarsch de la quinta sinfonía de Mahler. En cualquier caso, ya se tratara de Wagner o de Mahler, los vecinos aceptaron las dos opiniones. Lo destacable fue que los gorriones quisieran dar la bienvenida de aquella manera al vetusto automóbil, no el músico escogido para la ocasión. El jaleo que armaba podía considerarse también como una medida de seguridad, cosa que no disponen los coches modernos que, como su motor eléctrico no hace ningún tipo de ruido, si vas despistado, solo te enteras de que están ahí cuando ya te han pasado por encima y la cosa no tiene remedio.&#xA;&#xA;Pues bien, el coche, tras recibir la bienvenida del grupo de gorriones y llamar la atención de todos los que había alrededor, aparcó en un lado de la plaza. De él salieron un hombre de considerable edad y un chico joven, como de unos dieciséis años. Cruzaron la calzada y cada uno se sentó en uno de los bancos que había en el centro de la plaza. El señor de edad considerable sacó su iphone del bolsillo y se puso a jugar a Angry Birds, con pasión, mientras que el muchacho sacó un libro de su mochila y se puso a leer. Era nada más ni nada menos que El Vino del Estío de Ray Bradbury. Alguien, poco versado en el arte de la magia, pensará que eso no es magia sino solamente algo que se puede calificar como inusual, raro, extravagante o tal vez desconcertante, pero hay que tener en cuenta que la magia verdadera suele expresarse precisamente así y si puede huye de las grandes manifestaciones tales como hacer desaparecer un avión, la estatua de la libertad o a políticos (este es un caso dificilísimo porque siempre hay otro peor dispuesto a substituirle y nunca acaban de desaparecer del todo); la auténtica magia reside, casi siempre, en las cosas más insignificantes de la vida. Quizá alguien tenga algo de razón si cree que un señor de edad considerable jugando al Angry Birds no tiene nada de mágico. Lo que sí es mágico es que un chaval de dieciséis años se siente en un banco y se pase un buen rato leyendo un libro. Este es un hecho mágico de altísima magnitud, mucho más que los gorriones cantasen unos compases de Mahler o de Wagner y como tal fue considerado por los moradores de la plaza. Tan absortos estaban en sus quehaceres que ninguno de los dos se levantó de su banco antes de que empezara a anochecer, uno absorto en su lectura y el otro en su teléfono. Hay que tener en cuenta que se habían sentado alrededor de las once de la mañana.&#xA;&#xA;Cuando comenzaba a anochecer y el fresco y la humedad ya se hacían sentir llegó el viejo Juan a la plaza, arrastrando un carrito de supermercado. Era un sin techo que solía utilizar el banco en el que estaba leyendo el muchacho para pasar sus noches. Justo en ese momento se apagaron todas las farolas, que habían estado encendidas todo el santo día, excepto dos: las que estaban detrás de los bancos en que se sentaban el hombre del móvil y el muchacho. También en ese preciso instante el muchacho cerró el libro que estaba leyendo y el viejo apagó su móvil. Juan se dirigió al joven para pedirle muy educadamente que le dejara instalarse en su banco habitual, pues era el único en que se encontraba cómodo para poder dormir. El muchacho se levantó muy educadamente y le preguntó al hombre si quería que le dejara el libro para entretenerse un rato, cosa que Juan aceptó. Le entregó el libro y le dijo que no se preocupara, que cuando se volvieran a ver, ya se lo devolvería. El hombre de considerable edad y el chico joven subieron de nuevo al coche. Cuando llegaron al coche se apagó también la farola que estaba detrás del banco del hombre mayor y solo quedó encendida la del banco en el que Juan ya había comenzado a leer. La magia se mantuvo hasta el final de la jornada. Cuando decidieron irse aquel ingenio arrancó a la primera, lo que provocó una nueva algarabía de los gorriones que esta vez solamente chillaron sin entonar nada pues estaban ya durmiendo cuando el coche se fue y les pilló por sorpresa. Fue una verdadera lástima porque se defendían muy bien con La Nuit de Rameau y hubiera sido realmente muy adecuado y hubiera quedado muy bien. La magia residió en que los chillidos no fueron de enfado ni de miedo sino de alegría. También los inquilinos de la plaza consideraron mágico el hecho de que a aquel hombre mayor no se le hubiera agotado la batería del móvil en todo el día.&#xA;&#xA;Todo lo que ocurrió alrededor del hecho del desvencijado coche fue quizás lo más relevante del día y lo hemos explicado de un tirón. Pero hubo más cosas mágicas que nada tuvieron que ver con el automóvil, el hombre de edad considerable y el chico joven. A mediodía se presentó en la plaza un camión de Rapid-Pizza y entregó, sin cobrar nada a cambio y sin mediar palabra, un mega-super pizza, con seis aditivos extras (pepperoni, piña, alpiste, coles de Bruselas, tocinitos de cielo y setas) en cada una de las veinticuatro casas pareadas. Pero se trataba de un error pues lo mágico fue que nadie había pedido nada, de modo que lo consideraron un regalo promocional. Cuando dos horas más tarde volvió de nuevo el camión de las pizzas se enteraron de que el asunto no había sido tan mágico como ellos suponían, pero las pizzas ya habían sido consumidas y la empresa nada pudo hacer, de modo que el hecho pasó a tener consideración de mágico. Las oportunidades, pensaron todos, hay que aprovecharlas de inmediato.&#xA;&#xA;A las cinco de la tarde ocurrieron al menos otros dos hechos destacables y que cada uno los catalogue como mejor le plazca. Mientras el hombre de considerable edad jugaba apasionado con su móvil, el chico joven devoraba las páginas de Bradbury con avidez y los gorriones cantores seguían puliendo algunos compases de Mahler o de Wagner, salieron los alumnos de una escuela que había algo más allá de la plaza. Solo un observador avezado pudo darse cuenta de que uno de los progenitores, sonriendo con tranquilidad, le colocó la mochila en la espalda a su hijo, que debía tener unos trece años. Hoy en día los padres suelen cargar, en sentido real y figurado, con las obligaciones de sus retoños, pase lo que pase y pesen lo que pesen, y suelen hacerlo hasta muy acabada la adolescencia, o adolescencia prolongada como la llaman, pero este padre decidió dar el paso de su vida y le endosó la mochila con los libros y demás enseres a su hijo, lo cual le costó alguna mala cara al principio pero tuvo merecido éxito al final. Otro hecho que puede parecer normal pero que no deja de ser mágico en los tiempos que corren.&#xA;&#xA;Mientras el arriesgado padre hacía su trabajo y los niños que acababan de salir de la escuela jugaban un rato pasó un gato gris y ningún niño ni le tiró una piedra ni intentó asustarlo, lo cual también puede considerarse sino como un hecho mágico, sí al menos ligeramente sorprendente. Todo el mundo sabe que los gatos tienen siete vidas, pero tampoco hay que abusar de ello.&#xA;&#xA;El último hecho mágico del día pasó cuando el viejo Juan, tras leer un buen rato, cerró el libro, se enfundó en una especie de saco de dormir y se tumbó en el banco. Justo en aquel momento se apagó también la última farola de la plaza que quedaba encendida. Todas se volvieron a encender puntualmente a la salida del sol y cuando ya no eran en absoluto necesarias.&#xA;&#xA;anImage_2.tiff&#xA;&#xA;\ Trastorno que suele afectar a los médicos y que se caracteriza por la compulsión irrefrenable a extender recetas de medicamentos. Se supone que lo hacen para mantener el equilibrio del sistema sanitario, pero no ha sido comprobado cientificamente.]]&gt;</description>
      <content:encoded><![CDATA[<p>El verano se fue y llegó el otoño. Tal vez lo hizo un poco tarde pero bajo el disfraz de invierno, como si él también se hubiera contagiado de las prisas de los hombres. Las primeras hojas no cayeron por el viento sino por el peso de la escarcha. Sin embargo, tras unos días desapacibles de frio intenso, por lo repentino de su aparición, el otoño volvió a ser otoño. Entonces, por unos días, aún fue agradable pasear y disfrutar de los momentos de sol. Las hojas que quedaban pudieron caer cuando el viento quiso y fueron suficientes para alfombrar calles, plazas y caminos. A la naturaleza le dio tiempo de pintarlas de fantásticos colores y siguió su curso sin sobresaltos.</p>

<p>Ese era más o menos el aspecto que presentaba aquel día la Plaza Mágica, que era, como su nombre indica, mágica de verdad: era redonda y el suelo estaba alfombrado de hojas. Alrededor de ella se agrupaban veinticuatro casitas de dos plantas, con un pequeño jardin en su entrada y un huerto en su parte trasera. Los jardines, todos distintos, significaban la bienvenida de sus moradores a los paseantes fijos u ocasionales que solían transitar por la plaza; los huertos, también todos distintos, los utilizaban para comer sano todo el año e intercambiar frutas y verduras entre sí. Todos sus habitantes gozaban, como es de suponer, de una excelente salud.</p>

<p>Todos ellos sabían que la plaza era mágica y lo llevaban con toda naturalidad, pues la magia se solía manifestar en cosas realmente insignificantes que los demás mortales, acostumbrados al creciente ajetreo de la vida y a ir siempre pendiente de sus móviles, no sabían o no querían apreciar. Como aquel día en que los gorriones fueron dando vueltas a la plaza silbando una fuga de Bach a cuatro voces, o aquel en que el viento comenzó a soplar de un modo organizado para ayudar al empleado del ayuntamiento que tenía que recoger las hojas del suelo, y que había ido a cumplir su misión a pesar de estar aquejado por un fuerte ataque de lumbalgia. </p>

<p>Sin embargo, como hemos dicho, únicamente los habitantes de las veinticuatro casas solían apreciar estos momentos mágicos. Estas demostraciones de magia no se daban cada dia. A veces podían pasar semanas enteras sin que sucediese nada especial, pero no importaba, ya que todos en la plaza sabían captar de inmediato esos momentos así que empezaban a producirse y los disfrutaban al máximo.</p>

<p>Sin embargo aquel viernes fue distinto ya que se produjeron innumerables hechos mágicos, como si la plaza quisiera disculparse con sus moradores pues ya hacía más de dos meses largos que no sucedía nada relevante. El primer hecho mágico fue que el lechero se equivocó y dejó en cada una de las casas una botella de leche descremada y sin gusto en lugar de la leche fresca habitual que provenía de una pequeña y familiar granja cercana. Todos los habitantes de las casas, niños, adultos o abuelos, consumían siempre leche fresca porque nadie tenía, ni había tenido nunca, problemas con el colesterol, y eso que los médicos del seguro, aquejados de un trastorno obsesivo-recetativo⁠*, les hacían análisis de sangre cada tres meses, como ordenaba el gobierno. De todos modos no le hicieron al lechero ningún comentario al respecto pues, como dijo el catedrático de instituto jubilado Rodriguez a media mañana cuando se descubrió el error, desde hacía exactamente quince años no se producía ninguna equivocación parecida, de modo que no había motivo de preocupación porque cualquiera puede tener un error una vez cada quince años, o incluso tres errores. El hecho mágico se inició esa mañana y se prolongó hasta el dia siguiente cuando el lechero dejó una nota de disculpa personalizada a cada vecino y unos cuantos yogures todos artesanos, de fresa y de frutas del bosque, como regalo.</p>

<p>El segundo hecho fue de índole distinta. Las farolas que iluminaban la plaza no se apagaron de forma automática a primera hora de la mañana como solían hacer sino que permanecieron encendidas todo el dia. El hecho en sí era extraño pues el gobierno enviaba de modo constante a los vecinos normas de cómo ahorrar energía y cómo debían actuar en cada caso. Aquí, evidentemente, no hubo magia sino que esta llegaría más tarde. Que el gobierno, perdón los algoritmos, se equivoquen no es magia, sino algo habitual.</p>

<p>El tercero ocurrió cuando llegó aquel viejo automobil avanzando con dificultad por la calle que daba a la plaza. Lo hizo, a pesar de todo, con la dignidad y la elegancia que le proporcionaba su fecha de nacimiento, época en la que aún no existía la idea de obsolescencia programada y las cosas duraban hasta que uno ya no recordaba cuando las había adquirido. Como le ocurría al refrigerador que tenían mis padres, que parecía seguir enfriando lo que ponías en su interior aunque lo desenchufaras de la corriente. Eso sí, al funcionar, ambos, coche y nevera, proporcionaban al medio ambiente unos cuantos decibelios de más, pero el coche tal vez lo hacía a sabiendas de que de ese modo atraería mejor la atención de la gente. Tampoco parecía ahuyentar a los pájaros que había por los alrededores, sino al contrario, porque aquellos gorriones se pusieron a silbar una especie de marcha de bienvenida. El joven músico que vivía en la casa numero tres dijo que se trataba de los primeros compases de la obertura de Tannhaüser, pero el catedrático de instituto jubilado Rodriguez dijo que era la Trauermarsch de la quinta sinfonía de Mahler. En cualquier caso, ya se tratara de Wagner o de Mahler, los vecinos aceptaron las dos opiniones. Lo destacable fue que los gorriones quisieran dar la bienvenida de aquella manera al vetusto automóbil, no el músico escogido para la ocasión. El jaleo que armaba podía considerarse también como una medida de seguridad, cosa que no disponen los coches modernos que, como su motor eléctrico no hace ningún tipo de ruido, si vas despistado, solo te enteras de que están ahí cuando ya te han pasado por encima y la cosa no tiene remedio.</p>

<p>Pues bien, el coche, tras recibir la bienvenida del grupo de gorriones y llamar la atención de todos los que había alrededor, aparcó en un lado de la plaza. De él salieron un hombre de considerable edad y un chico joven, como de unos dieciséis años. Cruzaron la calzada y cada uno se sentó en uno de los bancos que había en el centro de la plaza. El señor de edad considerable sacó su iphone del bolsillo y se puso a jugar a Angry Birds, con pasión, mientras que el muchacho sacó un libro de su mochila y se puso a leer. Era nada más ni nada menos que El Vino del Estío de Ray Bradbury. Alguien, poco versado en el arte de la magia, pensará que eso no es magia sino solamente algo que se puede calificar como inusual, raro, extravagante o tal vez desconcertante, pero hay que tener en cuenta que la magia verdadera suele expresarse precisamente así y si puede huye de las grandes manifestaciones tales como hacer desaparecer un avión, la estatua de la libertad o a políticos (este es un caso dificilísimo porque siempre hay otro peor dispuesto a substituirle y nunca acaban de desaparecer del todo); la auténtica magia reside, casi siempre, en las cosas más insignificantes de la vida. Quizá alguien tenga algo de razón si cree que un señor de edad considerable jugando al Angry Birds no tiene nada de mágico. Lo que sí es mágico es que un chaval de dieciséis años se siente en un banco y se pase un buen rato leyendo un libro. Este es un hecho mágico de altísima magnitud, mucho más que los gorriones cantasen unos compases de Mahler o de Wagner y como tal fue considerado por los moradores de la plaza. Tan absortos estaban en sus quehaceres que ninguno de los dos se levantó de su banco antes de que empezara a anochecer, uno absorto en su lectura y el otro en su teléfono. Hay que tener en cuenta que se habían sentado alrededor de las once de la mañana.</p>

<p>Cuando comenzaba a anochecer y el fresco y la humedad ya se hacían sentir llegó el viejo Juan a la plaza, arrastrando un carrito de supermercado. Era un sin techo que solía utilizar el banco en el que estaba leyendo el muchacho para pasar sus noches. Justo en ese momento se apagaron todas las farolas, que habían estado encendidas todo el santo día, excepto dos: las que estaban detrás de los bancos en que se sentaban el hombre del móvil y el muchacho. También en ese preciso instante el muchacho cerró el libro que estaba leyendo y el viejo apagó su móvil. Juan se dirigió al joven para pedirle muy educadamente que le dejara instalarse en su banco habitual, pues era el único en que se encontraba cómodo para poder dormir. El muchacho se levantó muy educadamente y le preguntó al hombre si quería que le dejara el libro para entretenerse un rato, cosa que Juan aceptó. Le entregó el libro y le dijo que no se preocupara, que cuando se volvieran a ver, ya se lo devolvería. El hombre de considerable edad y el chico joven subieron de nuevo al coche. Cuando llegaron al coche se apagó también la farola que estaba detrás del banco del hombre mayor y solo quedó encendida la del banco en el que Juan ya había comenzado a leer. La magia se mantuvo hasta el final de la jornada. Cuando decidieron irse aquel ingenio arrancó a la primera, lo que provocó una nueva algarabía de los gorriones que esta vez solamente chillaron sin entonar nada pues estaban ya durmiendo cuando el coche se fue y les pilló por sorpresa. Fue una verdadera lástima porque se defendían muy bien con La Nuit de Rameau y hubiera sido realmente muy adecuado y hubiera quedado muy bien. La magia residió en que los chillidos no fueron de enfado ni de miedo sino de alegría. También los inquilinos de la plaza consideraron mágico el hecho de que a aquel hombre mayor no se le hubiera agotado la batería del móvil en todo el día.</p>

<p>Todo lo que ocurrió alrededor del hecho del desvencijado coche fue quizás lo más relevante del día y lo hemos explicado de un tirón. Pero hubo más cosas mágicas que nada tuvieron que ver con el automóvil, el hombre de edad considerable y el chico joven. A mediodía se presentó en la plaza un camión de Rapid-Pizza y entregó, sin cobrar nada a cambio y sin mediar palabra, un mega-super pizza, con seis aditivos extras (pepperoni, piña, alpiste, coles de Bruselas, tocinitos de cielo y setas) en cada una de las veinticuatro casas pareadas. Pero se trataba de un error pues lo mágico fue que nadie había pedido nada, de modo que lo consideraron un regalo promocional. Cuando dos horas más tarde volvió de nuevo el camión de las pizzas se enteraron de que el asunto no había sido tan mágico como ellos suponían, pero las pizzas ya habían sido consumidas y la empresa nada pudo hacer, de modo que el hecho pasó a tener consideración de mágico. Las oportunidades, pensaron todos, hay que aprovecharlas de inmediato.</p>

<p>A las cinco de la tarde ocurrieron al menos otros dos hechos destacables y que cada uno los catalogue como mejor le plazca. Mientras el hombre de considerable edad jugaba apasionado con su móvil, el chico joven devoraba las páginas de Bradbury con avidez y los gorriones cantores seguían puliendo algunos compases de Mahler o de Wagner, salieron los alumnos de una escuela que había algo más allá de la plaza. Solo un observador avezado pudo darse cuenta de que uno de los progenitores, sonriendo con tranquilidad, le colocó la mochila en la espalda a su hijo, que debía tener unos trece años. Hoy en día los padres suelen cargar, en sentido real y figurado, con las obligaciones de sus retoños, pase lo que pase y pesen lo que pesen, y suelen hacerlo hasta muy acabada la adolescencia, o adolescencia prolongada como la llaman, pero este padre decidió dar el paso de su vida y le endosó la mochila con los libros y demás enseres a su hijo, lo cual le costó alguna mala cara al principio pero tuvo merecido éxito al final. Otro hecho que puede parecer normal pero que no deja de ser mágico en los tiempos que corren.</p>

<p>Mientras el arriesgado padre hacía su trabajo y los niños que acababan de salir de la escuela jugaban un rato pasó un gato gris y ningún niño ni le tiró una piedra ni intentó asustarlo, lo cual también puede considerarse sino como un hecho mágico, sí al menos ligeramente sorprendente. Todo el mundo sabe que los gatos tienen siete vidas, pero tampoco hay que abusar de ello.</p>

<p>El último hecho mágico del día pasó cuando el viejo Juan, tras leer un buen rato, cerró el libro, se enfundó en una especie de saco de dormir y se tumbó en el banco. Justo en aquel momento se apagó también la última farola de la plaza que quedaba encendida. Todas se volvieron a encender puntualmente a la salida del sol y cuando ya no eran en absoluto necesarias.</p>

<p><img alt="anImage_2.tiff"/></p>

<p>* Trastorno que suele afectar a los médicos y que se caracteriza por la compulsión irrefrenable a extender recetas de medicamentos. Se supone que lo hacen para mantener el equilibrio del sistema sanitario, pero no ha sido comprobado cientificamente.</p>
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      <guid>https://jordibargallo.writeas.com/la-plaza-magica</guid>
      <pubDate>Sun, 17 Sep 2023 15:07:04 +0000</pubDate>
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      <title>El Colegio</title>
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      <description>&lt;![CDATA[Un pequeño desvío, a la izquierda de la carretera, lleva hasta la entrada del pueblo. A un lado, una pequeña gasolinera abandonada; al otro, un silo también abandonado, o tal vez tan solo en desuso. Sigo avanzando, despacio, sin ver a nadie y aparco el coche en una plaza, la plaza del Recreo. M gusta el nombre. Como no podía ser de otra manera, en uno de los lados, una escuela. No es nueva, pero ha sido reformada y su aspecto es impecable. Me parece demasiado grande para el tamaño del pueblo. Corren malos tiempos. La gente del campo continúa emigrando a las grandes ciudades. A pesar de todo, la escuela, destaca orgullosa entre las edificaciones de la plaza, la plaza del Recreo.&#xA;&#xA;Paseo sin prisas. Al otro lado de la escuela, no en la plaza sino en la carretera, hay otro silo, enorme y, este sí, totalmente abandonado. Me sorprende el contraste. Por un lado la escuela en la que un grupo de niños mira con esperanza al futuro; por el otro, el imponente silo abandonado, símbolo de un presente o de un pasado no demasiado lejano. De la escuela me sorprende otra cosa: no se ven ni se oyen niños, ni maestros. Silencio total. Son las once de la mañana, más menos. Doy una vuelta por el pueblo y regreso a la escuela una hora más tarde. Sigue sin haber movimiento. Si no fuera por el aspecto del edificio, de los patios, todo cuidado y limpio, se diría que está, como el silo, abandonado. Me cruzo con un hombre, con la cara curtida por el sol y llena de arrugas. Le pregunto si hoy es festivo, por lo de la escuela sin niños. Me responde con un no muy seco. Le insisto por la ausencia de niños. Se encoge de hombros. No sabe nada de nada. No hay palabras. Desaparece. Quizás él nunca tuvo la oportunidad de ir a ninguna escuela y el asunto no le preocupa. Del colegio otra cosa me llama la atención. Las canastas del patio están en buen estado pero no tienen redes. En cambio, las porterías de fútbol sí las tienen. Tal vez por eso al fútbol le llaman el deporte rey.&#xA;&#xA;Doy la vuelta a la escuela y me acerco al silo. Impresiona su tamaño y su decadencia. Está vallado. Dentro un asno se acerca a la valla, un poco temeroso, y me mira. Dos extraterrestres en un planeta deshabitado. Me alejo y sigue mordisqueando hierba.&#xA;&#xA;Como me intriga el tema de los niños que debería haber pero no hay, vuelvo al día siguiente. Faltan pocos minutos para la una del mediodía. Todo continúa igual. No encuentro a nadie para preguntar. Para mí sigue siendo un misterio. De vuelta a casa busco en internet. En el buscador me sale un mensaje en rojo, “colegio público… cerrado temporalmente”. No especifica el porqué. Tal vez un nuevo brote de covid. Quién sabe. La navegación por la red me lleva a una noticia del año anterior titulada “Rescatado un burro atrapado en un silo de grano”. Fue en el pueblo en cuestión. No sé si será el mismo burro que vi. En todo caso, si se trata del mismo, sigue vivo, aunque en la zona del silo. Espero que vaya con cuidado.]]&gt;</description>
      <content:encoded><![CDATA[<p>Un pequeño desvío, a la izquierda de la carretera, lleva hasta la entrada del pueblo. A un lado, una pequeña gasolinera abandonada; al otro, un silo también abandonado, o tal vez tan solo en desuso. Sigo avanzando, despacio, sin ver a nadie y aparco el coche en una plaza, la plaza del Recreo. M gusta el nombre. Como no podía ser de otra manera, en uno de los lados, una escuela. No es nueva, pero ha sido reformada y su aspecto es impecable. Me parece demasiado grande para el tamaño del pueblo. Corren malos tiempos. La gente del campo continúa emigrando a las grandes ciudades. A pesar de todo, la escuela, destaca orgullosa entre las edificaciones de la plaza, la plaza del Recreo.</p>

<p><img src="https://i.snap.as/56WDS8IA.jpg" alt=""/></p>

<p>Paseo sin prisas. Al otro lado de la escuela, no en la plaza sino en la carretera, hay otro silo, enorme y, este sí, totalmente abandonado. Me sorprende el contraste. Por un lado la escuela en la que un grupo de niños mira con esperanza al futuro; por el otro, el imponente silo abandonado, símbolo de un presente o de un pasado no demasiado lejano. De la escuela me sorprende otra cosa: no se ven ni se oyen niños, ni maestros. Silencio total. Son las once de la mañana, más menos. Doy una vuelta por el pueblo y regreso a la escuela una hora más tarde. Sigue sin haber movimiento. Si no fuera por el aspecto del edificio, de los patios, todo cuidado y limpio, se diría que está, como el silo, abandonado. Me cruzo con un hombre, con la cara curtida por el sol y llena de arrugas. Le pregunto si hoy es festivo, por lo de la escuela sin niños. Me responde con un no muy seco. Le insisto por la ausencia de niños. Se encoge de hombros. No sabe nada de nada. No hay palabras. Desaparece. Quizás él nunca tuvo la oportunidad de ir a ninguna escuela y el asunto no le preocupa. Del colegio otra cosa me llama la atención. Las canastas del patio están en buen estado pero no tienen redes. En cambio, las porterías de fútbol sí las tienen. Tal vez por eso al fútbol le llaman el deporte rey.</p>

<p>Doy la vuelta a la escuela y me acerco al silo. Impresiona su tamaño y su decadencia. Está vallado. Dentro un asno se acerca a la valla, un poco temeroso, y me mira. Dos extraterrestres en un planeta deshabitado. Me alejo y sigue mordisqueando hierba.</p>

<p><img src="https://i.snap.as/d3Z2Pb6u.jpg" alt=""/></p>

<p><img src="https://i.snap.as/tQJa77I2.jpg" alt=""/></p>

<p>Como me intriga el tema de los niños que debería haber pero no hay, vuelvo al día siguiente. Faltan pocos minutos para la una del mediodía. Todo continúa igual. No encuentro a nadie para preguntar. Para mí sigue siendo un misterio. De vuelta a casa busco en internet. En el buscador me sale un mensaje en rojo, “colegio público… cerrado temporalmente”. No especifica el porqué. Tal vez un nuevo brote de covid. Quién sabe. La navegación por la red me lleva a una noticia del año anterior titulada “Rescatado un burro atrapado en un silo de grano”. Fue en el pueblo en cuestión. No sé si será el mismo burro que vi. En todo caso, si se trata del mismo, sigue vivo, aunque en la zona del silo. Espero que vaya con cuidado.</p>
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      <guid>https://jordibargallo.writeas.com/el-colegio</guid>
      <pubDate>Thu, 14 Sep 2023 10:27:25 +0000</pubDate>
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    <item>
      <title>Al estilo de Thomas Bernhard</title>
      <link>https://jordibargallo.writeas.com/al-estilo-de-thomas-bernhard?pk_campaign=rss-feed</link>
      <description>&lt;![CDATA[Obsesión&#xA;&#xA;No sé cómo no he sido capaz hasta ahora de ver algo tan obvio ni porqué raros mecanismos mentales me doy cuenta justo en este preciso instante, pues me preocupaba, o tal vez para decirlo con honestidad me obsesionaba, ya que de eso se trataba, el hecho de no poder hacer algo, aunque con absoluta probabilidad de haberlo podido hacer sin restricciones que me lo impidieran tampoco lo hubiera hecho, pero ahora, finalmente, ya no me preocupa; me he dado cuenta de lo que era obvio y puedo decir que, en efecto, ha dejado de ser una preocupación para mí. Me obsesionaba, pues me he visto obligado a reconocer lo que sin duda  era realmente una auténtica obsesión, que me obligasen a permanecer encerrado en casa y no poder salir más que a determinadas horas y para las necesidades más básicas, que con toda certeza son aquellas que ellos consideran más básicas para la inmensa mayoría de la gente, pero que no lo son ni mucho menos para todos, porque pueden existir otros, y realmente existen, que tienen necesidades básicas más amplias o de distinto orden, y viven y experimentan prioridades muy diferentes. Me obsesionaba el no poder salir, sin embargo, ahora que ya puedo salir, en realidad no lo hago, no tengo ningún deseo de hacerlo, permanezco encerrado en casa, aunque la gran diferencia es que ya no estoy preocupado, o mejor dicho obsesionado, porque sé que si quiero salir puedo hacerlo, aunque sé con absoluta seguridad que no lo haré. De modo que aquello que preocupa realmente no es el no poder hacer una determinada cosa sino el hecho de, si uno quisiera y solamente en verdad lo quisiera, no poder hacerla, aunque casi con total certeza si le fuera dada la opción de llevarla a cabo nunca pensara realmente en hacerla.&#xA;&#xA;]]&gt;</description>
      <content:encoded><![CDATA[<h2 id="obsesión"><strong>Obsesión</strong></h2>

<p>No sé cómo no he sido capaz hasta ahora de ver algo tan obvio ni porqué raros mecanismos mentales me doy cuenta justo en este preciso instante, pues me preocupaba, o tal vez para decirlo con honestidad me obsesionaba, ya que de eso se trataba, el hecho de no poder hacer algo, aunque con absoluta probabilidad de haberlo podido hacer sin restricciones que me lo impidieran tampoco lo hubiera hecho, pero ahora, finalmente, ya no me preocupa; me he dado cuenta de lo que era obvio y puedo decir que, en efecto, ha dejado de ser una preocupación para mí. Me obsesionaba, pues me he visto obligado a reconocer lo que sin duda  era realmente una auténtica obsesión, que me obligasen a permanecer encerrado en casa y no poder salir más que a determinadas horas y para las necesidades más básicas, que con toda certeza son aquellas que ellos consideran más básicas para la inmensa mayoría de la gente, pero que no lo son ni mucho menos para todos, porque pueden existir otros, y realmente existen, que tienen necesidades básicas más amplias o de distinto orden, y viven y experimentan prioridades muy diferentes. Me obsesionaba el no poder salir, sin embargo, ahora que ya puedo salir, en realidad no lo hago, no tengo ningún deseo de hacerlo, permanezco encerrado en casa, aunque la gran diferencia es que ya no estoy preocupado, o mejor dicho obsesionado, porque sé que si quiero salir puedo hacerlo, aunque sé con absoluta seguridad que no lo haré. De modo que aquello que preocupa realmente no es el no poder hacer una determinada cosa sino el hecho de, si uno quisiera y solamente en verdad lo quisiera, no poder hacerla, aunque casi con total certeza si le fuera dada la opción de llevarla a cabo nunca pensara realmente en hacerla.</p>
]]></content:encoded>
      <guid>https://jordibargallo.writeas.com/al-estilo-de-thomas-bernhard</guid>
      <pubDate>Mon, 07 Jun 2021 08:53:48 +0000</pubDate>
    </item>
    <item>
      <title>Los nuevos moradores</title>
      <link>https://jordibargallo.writeas.com/los-nuevos-moradores?pk_campaign=rss-feed</link>
      <description>&lt;![CDATA[Los nuevos moradores&#xA;&#xA;#ficción #relatos&#xA;&#xA;El viejo vivía en una cabaña a poca distancia del pueblo. Cuando los últimos moradores abandonaron las casas para buscar trabajo en las ciudades, él no quiso abandonar su cabaña y allí se quedó. Podía haberse instalado en cualquiera de las viviendas del pueblo, pero prefirió quedarse en la que era su casa desde tiempo inmemorial. Allí era feliz y no le faltaba de nada.&#xA;&#xA;Algunos años más tarde, no sabía cuántos, contemplando una mañana el horizonte desde un monte cercano, se sorprendió al ver muy a lo lejos una inmensa nube negra que ascendía hacia el cielo. Dedujo que provenía de lo que llamabanla zona de las grandes ciudades, que estaba a cientos de kilómetros de distancia. La nube, negra y amenazadora, permaneció como estancada encima de ellas durante mucho tiempo. Ese mismo día, al atardecer, unos vehículos llegaron a la plaza del pueblo. El viejo los pudo ver desde la ventana de su cabaña, semioculta entre los pinos. !--more--Pensó que tal vez se instalarían en las casas que aún conservaban el buen aspecto que tenían cuando fueron abandonadas. Pero no fue así. Cada vehículo era lo suficientemente amplio como para alojar a dos o tres personas. Y allí vivieron. Salían de su habitáculo por la mañana y se sentaban repartidos por la plaza, absortos por completo en en una especie de cuadernos grises con pantalla. Cada uno de ellos tenía su cuaderno. Volvían a entrar en el vehículo para comer y regresaban de nuevo a la plaza por la tarde con sus cuadernos grises. Casi nunca hablaban entre ellos. Al atardecer, cuando el sol se ponía, entraban de nuevo en sus vehículos. Nunca les vio caminar ni tampoco alejarse del recinto de la plaza.&#xA;&#xA;La rutina se repitió a diario durante algo más de un año. Periódicamente llegaban otros vehículos de los que descargaban lo que parecían ser provisiones. Una vez completada la descarga se marchaban para volver a la semana siguiente. El viejo pronto se cansó de observar lo que denominaba nuevos moradores. Siempre pendientes de sus cuadernos con pantalla, nunca levantaron la vista para observar las nubes en el cielo. Nunca hicieron caso de las parejas de mirlos o las golondrinas que revoloteaban por la plaza. Nunca escucharon el rumor del viento ni olieron el perfume que emanaba de los pinos y de las flores. &#xA;&#xA;El viejo no tuvo miedo cuando llegaron los nuevos moradores. Si ya no temía ni a la muerte, qué motivo había para temerlos a ellos. Quizás algo intranquilo sí que se sintió, pero fue tan solo al principio. Luego se limitó a observarlos. Y un poco más tarde los olvidó. Un buen día, de nuevo en lo alto del monte, el viejo se dio cuenta de que la gran nube negra encima de la ciudad casi había desaparecido. Curiosamente, esa misma tarde, los nuevos moradores, al acabar su tarea, subieron a sus vehículos y se marcharon del pueblo. Nunca más los volvió a ver. &#xA;&#xA;A pesar de que aquel primer sentimiento de intranquilidad de los primeros días nunca llegó a transformarse en miedo, el viejo sintió que su corazón se aliviaba cuando los vio marchar. ]]&gt;</description>
      <content:encoded><![CDATA[<h2 id="los-nuevos-moradores">Los nuevos moradores</h2>

<p><a href="https://jordibargallo.writeas.com/tag:ficci%C3%B3n" class="hashtag"><span>#</span><span class="p-category">ficción</span></a> <a href="https://jordibargallo.writeas.com/tag:relatos" class="hashtag"><span>#</span><span class="p-category">relatos</span></a></p>

<p>El viejo vivía en una cabaña a poca distancia del pueblo. Cuando los últimos moradores abandonaron las casas para buscar trabajo en las ciudades, él no quiso abandonar su cabaña y allí se quedó. Podía haberse instalado en cualquiera de las viviendas del pueblo, pero prefirió quedarse en la que era su casa desde tiempo inmemorial. Allí era feliz y no le faltaba de nada.</p>

<p>Algunos años más tarde, no sabía cuántos, contemplando una mañana el horizonte desde un monte cercano, se sorprendió al ver muy a lo lejos una inmensa nube negra que ascendía hacia el cielo. Dedujo que provenía de lo que llamabanla zona de las grandes ciudades, que estaba a cientos de kilómetros de distancia. La nube, negra y amenazadora, permaneció como estancada encima de ellas durante mucho tiempo. Ese mismo día, al atardecer, unos vehículos llegaron a la plaza del pueblo. El viejo los pudo ver desde la ventana de su cabaña, semioculta entre los pinos. Pensó que tal vez se instalarían en las casas que aún conservaban el buen aspecto que tenían cuando fueron abandonadas. Pero no fue así. Cada vehículo era lo suficientemente amplio como para alojar a dos o tres personas. Y allí vivieron. Salían de su habitáculo por la mañana y se sentaban repartidos por la plaza, absortos por completo en en una especie de cuadernos grises con pantalla. Cada uno de ellos tenía su cuaderno. Volvían a entrar en el vehículo para comer y regresaban de nuevo a la plaza por la tarde con sus cuadernos grises. Casi nunca hablaban entre ellos. Al atardecer, cuando el sol se ponía, entraban de nuevo en sus vehículos. Nunca les vio caminar ni tampoco alejarse del recinto de la plaza.</p>

<p>La rutina se repitió a diario durante algo más de un año. Periódicamente llegaban otros vehículos de los que descargaban lo que parecían ser provisiones. Una vez completada la descarga se marchaban para volver a la semana siguiente. El viejo pronto se cansó de observar lo que denominaba nuevos moradores. Siempre pendientes de sus cuadernos con pantalla, nunca levantaron la vista para observar las nubes en el cielo. Nunca hicieron caso de las parejas de mirlos o las golondrinas que revoloteaban por la plaza. Nunca escucharon el rumor del viento ni olieron el perfume que emanaba de los pinos y de las flores.</p>

<p>El viejo no tuvo miedo cuando llegaron los nuevos moradores. Si ya no temía ni a la muerte, qué motivo había para temerlos a ellos. Quizás algo intranquilo sí que se sintió, pero fue tan solo al principio. Luego se limitó a observarlos. Y un poco más tarde los olvidó. Un buen día, de nuevo en lo alto del monte, el viejo se dio cuenta de que la gran nube negra encima de la ciudad casi había desaparecido. Curiosamente, esa misma tarde, los nuevos moradores, al acabar su tarea, subieron a sus vehículos y se marcharon del pueblo. Nunca más los volvió a ver.</p>

<p>A pesar de que aquel primer sentimiento de intranquilidad de los primeros días nunca llegó a transformarse en miedo, el viejo sintió que su corazón se aliviaba cuando los vio marchar.</p>
]]></content:encoded>
      <guid>https://jordibargallo.writeas.com/los-nuevos-moradores</guid>
      <pubDate>Thu, 20 May 2021 08:25:37 +0000</pubDate>
    </item>
    <item>
      <title>Paloma con salsa agridulce</title>
      <link>https://jordibargallo.writeas.com/paloma-con-salsa-agridulce?pk_campaign=rss-feed</link>
      <description>&lt;![CDATA[Paloma con salsa agridulce&#xA;&#xA;#relatos #ficción&#xA;&#xA;Estaba vistiéndome una mañana cuando me llamaron la atención unos ruidos que venían de la cocina. Eran unos golpecitos suaves y rítmicos. Toc, toc, toc… Paraban unos segundos y luego otros toques más. Intrigado fui hasta la cocina y vi una paloma que reposaba en el alféizar de la ventana. Con el pico golpeaba el cristal, toc, toc, toc... Abrí con cuidado para no asustarla y vi que llevaba atado a una pata un pequeño tubo de metal. Se lo quité con cuidado y en su interior descubrí un papel con algo escrito. La paloma se quedó quieta, como esperando una respuesta. Como hacía calor le puse en un pequeño recipiente un poco de agua y  bebió con avidez. Al terminar hizo un sonido como dándome las gracias. !--more--&#xA;&#xA;De entrada pensé que podía ser un mensaje de Amazon, que avisaban que sería más ecológico utilizar palomas mensajeras en lugar de los drones para la entrega de paquetes, pero enseguida me di cuenta de que necesitarían aves más corpulentas para enviarme el libro que había pedido. De modo que me lo quité de cabeza con rapidez. Se trataba de un mensaje de mi amigo Nicolás. Me informaba que a partir de ese momento nos comunicaríamos utilizando su paloma, que ya estaba harto de que la gente solo lo hiciera por whatsapp, le incluyeran constantemente en grupos en los que no tenía ningún interés en participar, o por el maldito instagram. También se desprendía para siempre del móvil (cosa que realmente consistió en un desprendimiento en toda regla pues lo tiró desde una montaña hasta el fondo de un barranco), que solo le daba quebraderos de cabeza. También, me decía, que para temas más profundos podíamos utilizar el sistema antiguo (sic) de enviarnos una carta. Añadía, finalmente, que le diera agua a la paloma y algo de comer para garantizar su vuelo de vuelta. El agua ya se la había dado y como no sabía lo que comían tuve que mirarlo por internet. Era mi primera experiencia con palomas si exceptuamos los rastros que dejan de vez en cuando en los cristales de mi coche. Así que troceé unos copos azucarados de maíz que se zampó enseguida, tras enrollar el papelito con mi respuesta en el tubo de la pata. Hizo el mismo sonido que antes y antes de emprender el vuelo se cagó en el mismo alféizar. Supongo que debió ser para poder volar más ligera y ahorrar energía.&#xA;&#xA;Dos días más tarde volvió la paloma sobre la misma hora. Sin embargo esta vez vino acompañada con tres más de su especie, pero que no eran mensajeras sino que se habían dado cuenta de la posibilidad de comer y beber a mi costa. Las tuve que asustar para descargar, digo desenrollar, el mensaje, y para que no participaran en el desayuno de la mensajera. Cuando le volví a enrollar mi respuesta, nuevo ruido de agradecimiento y nueva cagada en la ventana, a lo que hubo que añadir la de las otras palomas, posiblemente como castigo por haberles denegado un desayuno al que creían tener derecho. &#xA;&#xA;Mi amigo había sustituido, literalmente, el whatsapp por la paloma, de modo que esta me visitaba tres o cuatro veces al día. Incluso alguna vez la paloma se presentaba en mi ventana sin ningún mensaje, por lo que deduje que se había aficionado a mis corn-flakes azucarados. La utilizaba para contarme o preguntarme cualquier tontería. Y siempre que llegaba también aparecían como surgidas de la nada el resto de palomas a las que no me quedó más remedio que dar de comer y beber. Primero fueron tres o cuatro; a la semana ya eran unas veinte, y al cabo de un mes debían llegar a cincuenta. Todas se instalaban en la ventana y en el balcón que daba a la cocina. Pensándolo bien creo que contaminaban más la mensajera y sus amigas que el móvil que tenía antes de utilizar el sistema, porque me dejaban el alféizar y el balcón hechos un asco. Le escribí una carta convencional para explicárselo pero nunca me llegó a contestar. Como el sello que le pusieron en la oficina de correos tenía que ver con la monarquía y él era republicano quizás rompió la carta sin tan siquiera abrirla. A veces me enviaba la paloma solo para preguntarme cómo estaba o qué tal me había ido el día. Era como una especie de puente aéreo entre la casa de mi amigo y la mía, con el inconveniente para mí que su presencia y la calidad de mis corn-flakes azucarados atraían cada vez a más compañeras que querían comer. Esto empezó a ocasionar las quejas de algunos vecinos que también eran víctimas de los excesos intestinales de las palomas. A los dos meses de utilizar el sistema medio barrio ya estaba infestado de palomas, lo que provocó una reunión urgente en mi comunidad de propietarios para tratar del asunto y no tuve más remedio que asistir. Normalmente este tipo de eventos suelen ser de lo mas aburrido, por eso yo no acostumbraba a ir, pero en este caso fue diferente. Todos, sin excepción, estaban indignados y me echaron las culpas por alimentar a las palomas, pero conseguí que la sangre no llegara al rio. Al final logré calmar a todo el vecindario asegurándoles que solucionaría el problema en el margen de un mes a lo más tardar. Mientras me comprometía a ello la única solución que se le ocurría a mi cerebro, y que no compartí con nadie, era vender el piso y largarme antes de que pasara el mes prometido. Pero, claro, no es fácil vender un piso a las primeras de cambio. &#xA;&#xA;Al acabar la reunión y para poder pensar con algo de claridad me fui a cenar al bar que había en los bajos de mi mismo edificio. Puede comprobar entonces, pues no había entrado en el bar mas que un par de veces desde que vivía ahí, que la nueva moda había llegado hasta mi barrio, o sea, que también estaba ya a cargo de un señor chino y su familia. Creo que, de momento, lo de los chinos es una invasión silenciosa y pacífica. De seguir así de aquí a unos cuantos años todo los bares y muchos negocios más estarán en sus manos. Pero a mi no me importa demasiado porque la verdad es que los chinos que suelen regentar los bares suelen ser de lo más amable y siempre están sonriendo, les digas lo que les digas y aunque lo entiendan a su manera, como aquella vez que en uno de ellos pedí un café con “lichi” y un croissant. Incluso me he llegado a plantear varias veces el ponerme a aprender chino, pero sin éxito. En este caso el chino del bar, además de amable y sonriente, me cambió totalmente la vida.&#xA;&#xA;Me sirvió el arroz con cuatro delicias que había pedido (las tres habituales más  gambas) y se sentó, sonriendo, en mi mesa. “Plofesol nelvioso, eh?”, me dijo. Y añadió enseguida: “Tú tlanquilo, yo tenel solución”. Me dijo que le habían comentado lo de la reunión y que quería proponerme un negocio que acabaría con el problema de las palomas. Pensé que como la China ya era de hecho la primera potencia mundial podía ser interesante hacer negocios con un chino. Cuando acabé de comer se sentó en mi mesa y me dio unos sobrecitos. “Tú ponel un poco de esto en ventana y palomas quedal medio dolmidas. Entonces tú cogel palomas y tlael a mí. Yo pagal. Ploblema acabado. &#xA;&#xA;Así lo hice y si he de ser sincero la verdad es que funcionó a las mil maravillas. Dosifiqué los polvos que había en los sobrecitos y cada día le pasaba seis o siete palomas al del restaurante chino, que se llamaba Wang, como la mayoría. Para abreviar la historia solo diré que al cabo de unas semanas los platos de la carta del restaurante habían aumentado de forma considerable. Ahora, a precios realmente competitivos, se podía comer “carne de ave en salsa picante, carne de ave con bambú, carne de ave al limón, carne de ave al estilo cantonés, aunque el plato estrella, algo más caro, era la carne de ave con salsa agridulce que solo se podía consumir bajo demanda previa. Tuve que dosificar al cuestión porque si en pocos días hubieran desaparecido todas las palomas hubiera levantado sospechas en el vecindario. Como mi trabajo de profesor suplente no me daba para demasiadas alegrías y, además, tenía el gasto extra de los cornflakes azucarados, el negocio de las palomas me ayudaba a llegar a fin de mes con una cierta tranquilidad. Hasta que sobrevino la catástrofe.&#xA;&#xA;Tuve que ausentarme de casa un par de días. Como no quería que el negocio se resintiera le dejé las llaves de mi piso a Wang para que cogiera cada día las palomas que necesitara. Confiaba en él. No ocurrió nada, aunque yo ya tenía que haber presentido algo, porque a mi regreso me di cuenta de que hacía un par de días que la paloma mensajera de mi amigo no se presentaba por casa. Mi amigo tampoco daba señales de vida. Recuerdo muy bien que fue un miércoles. Al salir de casa por la tarde vi que el restaurante estaba cerrado y me extrañó. Justo en la esquina había un pequeño grupo de personas, todos chinos, que hablaban y gesticulaban todos a un tiempo. Me acerqué y pregunte si sabían por qué Wang no había abierto. Un chico joven me explicó que un cliente, el viernes anterior por la noche, había encontrado un cilindro de metal en el plato estrella de la casa, o sea, la carne de ave con salsa agridulce. Dentro del cilindro había un papel enrollado con un mensaje que decía “quedamos el sábado donde siempre, a las seis y media”. Había armado un gran escándalo y tuvo que intervenir la policía. Lo entendí enseguida. La paloma mensajera de mi amigo debía haber tomado por error los polvos que Wang puso en la ventana.&#xA;&#xA;A partir de ahí los acontecimientos se precipitaron. El mismo miércoles por la noche se presentó otro chino en mi casa que se llamaba Lee. Me dijo que era el abogado de Wang. Me comentó que no tenía por qué preocuparme, pues no había dicho nada a la policía de donde procedían las palomas y que desconocía que el consumo de la carne de paloma no estuviera permitido. Les dijo que su proveedor era otro chino que, por casualidad, se encontraba en paradero desconocido, es decir, no se encontraba en ningún parte porque, de hecho, ni tan siquiera existía. La policía lo había dejado, de momento, en libertad sin cargos, y la investigación proseguía en búsqueda del chino desaparecido. El señor Lee, me dijo que Wang y su familia habían regresado, aquella misma noche, urgentemente a su ciudad natal, por si las moscas, o mejor dicho, por si las palomas, no fuera caso de que le trajeran complicaciones. Me indicó que si yo me veía en dificultades y quería, me pagaban un pasaje a China y una vez allí podríamos continuar con nuestros negocios. &#xA;El destino nunca te pregunta si te gusta lo que ha preparado para ti. Ahora vivo en un tranquilo y agradable pueblo del noroeste de China. ]]&gt;</description>
      <content:encoded><![CDATA[<h2 id="paloma-con-salsa-agridulce">Paloma con salsa agridulce</h2>

<p><a href="https://jordibargallo.writeas.com/tag:relatos" class="hashtag"><span>#</span><span class="p-category">relatos</span></a> <a href="https://jordibargallo.writeas.com/tag:ficci%C3%B3n" class="hashtag"><span>#</span><span class="p-category">ficción</span></a></p>

<p>Estaba vistiéndome una mañana cuando me llamaron la atención unos ruidos que venían de la cocina. Eran unos golpecitos suaves y rítmicos. Toc, toc, toc… Paraban unos segundos y luego otros toques más. Intrigado fui hasta la cocina y vi una paloma que reposaba en el alféizar de la ventana. Con el pico golpeaba el cristal, toc, toc, toc... Abrí con cuidado para no asustarla y vi que llevaba atado a una pata un pequeño tubo de metal. Se lo quité con cuidado y en su interior descubrí un papel con algo escrito. La paloma se quedó quieta, como esperando una respuesta. Como hacía calor le puse en un pequeño recipiente un poco de agua y  bebió con avidez. Al terminar hizo un sonido como dándome las gracias. </p>

<p>De entrada pensé que podía ser un mensaje de Amazon, que avisaban que sería más ecológico utilizar palomas mensajeras en lugar de los drones para la entrega de paquetes, pero enseguida me di cuenta de que necesitarían aves más corpulentas para enviarme el libro que había pedido. De modo que me lo quité de cabeza con rapidez. Se trataba de un mensaje de mi amigo Nicolás. Me informaba que a partir de ese momento nos comunicaríamos utilizando su paloma, que ya estaba harto de que la gente solo lo hiciera por whatsapp, le incluyeran constantemente en grupos en los que no tenía ningún interés en participar, o por el maldito instagram. También se desprendía para siempre del móvil (cosa que realmente consistió en un desprendimiento en toda regla pues lo tiró desde una montaña hasta el fondo de un barranco), que solo le daba quebraderos de cabeza. También, me decía, que para temas más profundos podíamos utilizar el sistema antiguo (sic) de enviarnos una carta. Añadía, finalmente, que le diera agua a la paloma y algo de comer para garantizar su vuelo de vuelta. El agua ya se la había dado y como no sabía lo que comían tuve que mirarlo por internet. Era mi primera experiencia con palomas si exceptuamos los rastros que dejan de vez en cuando en los cristales de mi coche. Así que troceé unos copos azucarados de maíz que se zampó enseguida, tras enrollar el papelito con mi respuesta en el tubo de la pata. Hizo el mismo sonido que antes y antes de emprender el vuelo se cagó en el mismo alféizar. Supongo que debió ser para poder volar más ligera y ahorrar energía.</p>

<p>Dos días más tarde volvió la paloma sobre la misma hora. Sin embargo esta vez vino acompañada con tres más de su especie, pero que no eran mensajeras sino que se habían dado cuenta de la posibilidad de comer y beber a mi costa. Las tuve que asustar para descargar, digo desenrollar, el mensaje, y para que no participaran en el desayuno de la mensajera. Cuando le volví a enrollar mi respuesta, nuevo ruido de agradecimiento y nueva cagada en la ventana, a lo que hubo que añadir la de las otras palomas, posiblemente como castigo por haberles denegado un desayuno al que creían tener derecho.</p>

<p>Mi amigo había sustituido, literalmente, el whatsapp por la paloma, de modo que esta me visitaba tres o cuatro veces al día. Incluso alguna vez la paloma se presentaba en mi ventana sin ningún mensaje, por lo que deduje que se había aficionado a mis corn-flakes azucarados. La utilizaba para contarme o preguntarme cualquier tontería. Y siempre que llegaba también aparecían como surgidas de la nada el resto de palomas a las que no me quedó más remedio que dar de comer y beber. Primero fueron tres o cuatro; a la semana ya eran unas veinte, y al cabo de un mes debían llegar a cincuenta. Todas se instalaban en la ventana y en el balcón que daba a la cocina. Pensándolo bien creo que contaminaban más la mensajera y sus amigas que el móvil que tenía antes de utilizar el sistema, porque me dejaban el alféizar y el balcón hechos un asco. Le escribí una carta convencional para explicárselo pero nunca me llegó a contestar. Como el sello que le pusieron en la oficina de correos tenía que ver con la monarquía y él era republicano quizás rompió la carta sin tan siquiera abrirla. A veces me enviaba la paloma solo para preguntarme cómo estaba o qué tal me había ido el día. Era como una especie de puente aéreo entre la casa de mi amigo y la mía, con el inconveniente para mí que su presencia y la calidad de mis corn-flakes azucarados atraían cada vez a más compañeras que querían comer. Esto empezó a ocasionar las quejas de algunos vecinos que también eran víctimas de los excesos intestinales de las palomas. A los dos meses de utilizar el sistema medio barrio ya estaba infestado de palomas, lo que provocó una reunión urgente en mi comunidad de propietarios para tratar del asunto y no tuve más remedio que asistir. Normalmente este tipo de eventos suelen ser de lo mas aburrido, por eso yo no acostumbraba a ir, pero en este caso fue diferente. Todos, sin excepción, estaban indignados y me echaron las culpas por alimentar a las palomas, pero conseguí que la sangre no llegara al rio. Al final logré calmar a todo el vecindario asegurándoles que solucionaría el problema en el margen de un mes a lo más tardar. Mientras me comprometía a ello la única solución que se le ocurría a mi cerebro, y que no compartí con nadie, era vender el piso y largarme antes de que pasara el mes prometido. Pero, claro, no es fácil vender un piso a las primeras de cambio.</p>

<p>Al acabar la reunión y para poder pensar con algo de claridad me fui a cenar al bar que había en los bajos de mi mismo edificio. Puede comprobar entonces, pues no había entrado en el bar mas que un par de veces desde que vivía ahí, que la nueva moda había llegado hasta mi barrio, o sea, que también estaba ya a cargo de un señor chino y su familia. Creo que, de momento, lo de los chinos es una invasión silenciosa y pacífica. De seguir así de aquí a unos cuantos años todo los bares y muchos negocios más estarán en sus manos. Pero a mi no me importa demasiado porque la verdad es que los chinos que suelen regentar los bares suelen ser de lo más amable y siempre están sonriendo, les digas lo que les digas y aunque lo entiendan a su manera, como aquella vez que en uno de ellos pedí un café con “lichi” y un croissant. Incluso me he llegado a plantear varias veces el ponerme a aprender chino, pero sin éxito. En este caso el chino del bar, además de amable y sonriente, me cambió totalmente la vida.</p>

<p>Me sirvió el arroz con cuatro delicias que había pedido (las tres habituales más  gambas) y se sentó, sonriendo, en mi mesa. “Plofesol nelvioso, eh?”, me dijo. Y añadió enseguida: “Tú tlanquilo, yo tenel solución”. Me dijo que le habían comentado lo de la reunión y que quería proponerme un negocio que acabaría con el problema de las palomas. Pensé que como la China ya era de hecho la primera potencia mundial podía ser interesante hacer negocios con un chino. Cuando acabé de comer se sentó en mi mesa y me dio unos sobrecitos. “Tú ponel un poco de esto en ventana y palomas quedal medio dolmidas. Entonces tú cogel palomas y tlael a mí. Yo pagal. Ploblema acabado.</p>

<p>Así lo hice y si he de ser sincero la verdad es que funcionó a las mil maravillas. Dosifiqué los polvos que había en los sobrecitos y cada día le pasaba seis o siete palomas al del restaurante chino, que se llamaba Wang, como la mayoría. Para abreviar la historia solo diré que al cabo de unas semanas los platos de la carta del restaurante habían aumentado de forma considerable. Ahora, a precios realmente competitivos, se podía comer “carne de ave en salsa picante, carne de ave con bambú, carne de ave al limón, carne de ave al estilo cantonés, aunque el plato estrella, algo más caro, era la carne de ave con salsa agridulce que solo se podía consumir bajo demanda previa. Tuve que dosificar al cuestión porque si en pocos días hubieran desaparecido todas las palomas hubiera levantado sospechas en el vecindario. Como mi trabajo de profesor suplente no me daba para demasiadas alegrías y, además, tenía el gasto extra de los cornflakes azucarados, el negocio de las palomas me ayudaba a llegar a fin de mes con una cierta tranquilidad. Hasta que sobrevino la catástrofe.</p>

<p>Tuve que ausentarme de casa un par de días. Como no quería que el negocio se resintiera le dejé las llaves de mi piso a Wang para que cogiera cada día las palomas que necesitara. Confiaba en él. No ocurrió nada, aunque yo ya tenía que haber presentido algo, porque a mi regreso me di cuenta de que hacía un par de días que la paloma mensajera de mi amigo no se presentaba por casa. Mi amigo tampoco daba señales de vida. Recuerdo muy bien que fue un miércoles. Al salir de casa por la tarde vi que el restaurante estaba cerrado y me extrañó. Justo en la esquina había un pequeño grupo de personas, todos chinos, que hablaban y gesticulaban todos a un tiempo. Me acerqué y pregunte si sabían por qué Wang no había abierto. Un chico joven me explicó que un cliente, el viernes anterior por la noche, había encontrado un cilindro de metal en el plato estrella de la casa, o sea, la carne de ave con salsa agridulce. Dentro del cilindro había un papel enrollado con un mensaje que decía “quedamos el sábado donde siempre, a las seis y media”. Había armado un gran escándalo y tuvo que intervenir la policía. Lo entendí enseguida. La paloma mensajera de mi amigo debía haber tomado por error los polvos que Wang puso en la ventana.</p>

<p>A partir de ahí los acontecimientos se precipitaron. El mismo miércoles por la noche se presentó otro chino en mi casa que se llamaba Lee. Me dijo que era el abogado de Wang. Me comentó que no tenía por qué preocuparme, pues no había dicho nada a la policía de donde procedían las palomas y que desconocía que el consumo de la carne de paloma no estuviera permitido. Les dijo que su proveedor era otro chino que, por casualidad, se encontraba en paradero desconocido, es decir, no se encontraba en ningún parte porque, de hecho, ni tan siquiera existía. La policía lo había dejado, de momento, en libertad sin cargos, y la investigación proseguía en búsqueda del chino desaparecido. El señor Lee, me dijo que Wang y su familia habían regresado, aquella misma noche, urgentemente a su ciudad natal, por si las moscas, o mejor dicho, por si las palomas, no fuera caso de que le trajeran complicaciones. Me indicó que si yo me veía en dificultades y quería, me pagaban un pasaje a China y una vez allí podríamos continuar con nuestros negocios.
El destino nunca te pregunta si te gusta lo que ha preparado para ti. Ahora vivo en un tranquilo y agradable pueblo del noroeste de China.</p>
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      <pubDate>Sat, 08 May 2021 08:19:46 +0000</pubDate>
    </item>
    <item>
      <title>Suicidio</title>
      <link>https://jordibargallo.writeas.com/suicidio?pk_campaign=rss-feed</link>
      <description>&lt;![CDATA[Suicidio&#xA;&#xA;#bernhard #relatos #ficción&#xA;&#xA;  Vivo únicamente porque puedo morir cuando quiera: sin la idea del suicidio, hace tiempo que me hubiera matado - Emil Cioran, Silogismos de la amargura&#xA;&#xA;Han pasado casi dos semanas desde que tomé la decisión de suicidarme y pienso que aún tardaré unos días más en llevar a cabo la acción misma de quitarme la vida, porque tengo claro que, como no hay ninguna razón trágica o de desesperación máxima o de problemas irresolubles que angustien mi existencia, como suele ocurrir en muchos casos de suicidio, sino, precisamente, podría decirse que todo lo contrario, tampoco es preciso materializar la acción final de una forma apresurada, y que, como se trata, en suma, de una decisión largamente meditada hasta llegar a la única solución posible, tampoco hay posibilidad de retorno. Sin embargo, repito, la decisión del suicidio no ha sido tomada por hallarme ante una situación trágica insostenible sino que los motivos por los que he llegado a esta decisión, ahora ya irrevocable, son de índole muy diversa, aunque he de reconocer, nada comunes. Es decir la decisión ya está tomada y habrá de producirse a su debido momento pero, en ningún caso debe verse apremiada por cualquier otro tipo de razón o circunstancia que no sea la de mi propia decisión para encontrar ese momento adecuado, ya que, he de añadir, que desde el mismo momento que tomé la decisión absoluta y sin posibilidad de vuelta atrás de proceder al final de mi vida, la calma y la paz más absoluta han invadido mi existencia lo cual me hace pensar que la decisión ha sido, sin ninguna duda, la más correcta o, si la sometiéramos a un análisis más profundo, la única posible, dada la situación de incoherencia en que me hallaba y me sigo hallando a pesar de la paz interior que he adquirido desde el mismo instante en que me decidí, pues si de algo puede jactarse un hombre supuestamente de bien es de intentar dar coherencia a sus acciones para que estén de acuerdo con sus propios pensamientos. Porque, ¿puede uno vivir, o mejor aún, tiene algún interés vivir con la cabeza alta cuando le es del todo imposible actuar de una forma coherente con su pensamiento? Pensamiento, por otro lado, largamente trabajado y estructurado, con argumentos sólidos en su favor, aunque no verdaderos, pues la verdad ni ha existido ni lo hará jamás. ¿Puede alguien, entonces, vivir en una profunda contradicción entre pensamiento y acción sin sucumbir en la más profunda locura? No hay, pues, que buscar razones escondidas en mi decisión ni, por descontado, someterla ahora a análisis profundos, tan solo la imposibilidad absoluta de cohesionar pensamiento y obra, pensamiento y acción, es la única razón válida y la única posible. Se trata, pues, o mejor dicho se tratará cuando llegue la ocasión, simplemente de un suicidio por coherencia.]]&gt;</description>
      <content:encoded><![CDATA[<h2 id="suicidio"><strong>Suicidio</strong></h2>

<p><a href="https://jordibargallo.writeas.com/tag:bernhard" class="hashtag"><span>#</span><span class="p-category">bernhard</span></a> <a href="https://jordibargallo.writeas.com/tag:relatos" class="hashtag"><span>#</span><span class="p-category">relatos</span></a> <a href="https://jordibargallo.writeas.com/tag:ficci%C3%B3n" class="hashtag"><span>#</span><span class="p-category">ficción</span></a></p>

<blockquote><p>Vivo únicamente porque puedo morir cuando quiera: sin la idea del suicidio, hace tiempo que me hubiera matado – Emil Cioran, <em>Silogismos de la amargura</em></p></blockquote>

<p>Han pasado casi dos semanas desde que tomé la decisión de suicidarme y pienso que aún tardaré unos días más en llevar a cabo la acción misma de quitarme la vida, porque tengo claro que, como no hay ninguna razón trágica o de desesperación máxima o de problemas irresolubles que angustien mi existencia, como suele ocurrir en muchos casos de suicidio, sino, precisamente, podría decirse que todo lo contrario, tampoco es preciso materializar la acción final de una forma apresurada, y que, como se trata, en suma, de una decisión largamente meditada hasta llegar a la única solución posible, tampoco hay posibilidad de retorno. Sin embargo, repito, la decisión del suicidio no ha sido tomada por hallarme ante una situación trágica insostenible sino que los motivos por los que he llegado a esta decisión, ahora ya irrevocable, son de índole muy diversa, aunque he de reconocer, nada comunes. Es decir la decisión ya está tomada y habrá de producirse a su debido momento pero, en ningún caso debe verse apremiada por cualquier otro tipo de razón o circunstancia que no sea la de mi propia decisión para encontrar ese momento adecuado, ya que, he de añadir, que desde el mismo momento que tomé la decisión absoluta y sin posibilidad de vuelta atrás de proceder al final de mi vida, la calma y la paz más absoluta han invadido mi existencia lo cual me hace pensar que la decisión ha sido, sin ninguna duda, la más correcta o, si la sometiéramos a un análisis más profundo, la única posible, dada la situación de incoherencia en que me hallaba y me sigo hallando a pesar de la paz interior que he adquirido desde el mismo instante en que me decidí, pues si de algo puede jactarse un hombre supuestamente de bien es de intentar dar coherencia a sus acciones para que estén de acuerdo con sus propios pensamientos. Porque, ¿puede uno vivir, o mejor aún, tiene algún interés vivir con la cabeza alta cuando le es del todo imposible actuar de una forma coherente con su pensamiento? Pensamiento, por otro lado, largamente trabajado y estructurado, con argumentos sólidos en su favor, aunque no verdaderos, pues la verdad ni ha existido ni lo hará jamás. ¿Puede alguien, entonces, vivir en una profunda contradicción entre pensamiento y acción sin sucumbir en la más profunda locura? No hay, pues, que buscar razones escondidas en mi decisión ni, por descontado, someterla ahora a análisis profundos, tan solo la imposibilidad absoluta de cohesionar pensamiento y obra, pensamiento y acción, es la única razón válida y la única posible. Se trata, pues, o mejor dicho se tratará cuando llegue la ocasión, simplemente de un suicidio por coherencia.</p>
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      <guid>https://jordibargallo.writeas.com/suicidio</guid>
      <pubDate>Sat, 01 May 2021 07:49:50 +0000</pubDate>
    </item>
    <item>
      <title>El limpiador de patios</title>
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      <description>&lt;![CDATA[El limpiador de patios&#xA;&#xA;relatos&#xA;&#xA;— ¡Hola! ¿Tú quién eres? ¿Limpias los patios? ¿Eres nuevo?&#xA;&#xA; Juan tenía delante suyo a un niño de unos nueve años. La cara salpicada de pecas y una enorme sonrisa, a pesar de que aún no eran las ocho de la mañana. Iba cargado con una enorme mochila en la espalda y un balón en las manos.&#xA;&#xA;—¿Qué tal? Soy Juan. Limpio los patios y soy nuevo, sí—, le respondió. &#xA;&#xA;—Pues yo me llamo Beto y siempre soy el primero en llegar. Mi padre me deja muy pronto porque ha de ir a trabajar. Luego llegan Toni y Sergio. ¡Mira! Ahí vienen. ¡Adiós! ¡Nos vamos a jugar!— Y desapareció como por encanto. &#xA;&#xA;Soltó el chorro de palabras con tanta rapidez que no dio tiempo a Juan a decirle nada más. Se preguntó cómo era posible correr a aquella increíble velocidad con el peso que llevaba. Tampoco sabía todavía que los niños suelen hacer tres o cuatro preguntas a la vez, o te sueltan información que no has pedido y desaparecen como rayos en una tormenta de verano, sin esperar las respuestas. Algunos, aunque no son conscientes de ello, quién sabe si lo aceleran todo para llegar cuanto antes al mundo de los adultos. Beto salió disparado a recibir a sus amigos. !--more--&#xA;&#xA;Hacía frío y apenas había luz, pero el trío de recién llegados se lanzó tras el balón sin que nada más pareciera importarles. Eran los encargados de romper cada mañana la calma que no volvería hasta pasadas las ocho de la noche. Después, a medida que un tímido sol se imponía, los patios, dos enormes zonas delante y detrás del colegio, se iban llenando de chavales de todas las edades, hasta que a las nueve menos cinco el timbre, que era la fatídica señal para que todos fueran ocupando su lugar en las clases, rompía la magia de las primeras horas del día.&#xA;Solo cuando el patio quedó desierto Juan, el limpiador, completó la primera limpieza del día. Apenas unas hojas y algunos papeles. Entonces se fue a desayunar.&#xA;&#xA;Lo que sucedió a las once nunca lo hubiera podido imaginar. Sonó de nuevo el timbre, aunque esta vez su voz era alegre. Avisaba a miles de impacientes muchachos que la hora del recreo por fin había llegado. Los más pequeños, entre tres y siete años, empezaron a salir de sus clases. Bajaban las pocas escaleras que les separaba del patio en relativo silencio. Aunque es cierto que algunos gritaban, sus pies, debido a su rapidez y a su escaso peso, apenas parecían tocar el suelo, por lo que casi no hacían ruido. Más que correr se deslizaban por los escalones,  flotaban hasta alcanzar su patio. En cambio, con los más mayores la cosa era distinta. Todo el edificio, sin excepción, se puso a temblar, como posiblemente sucede cuando empiezan ciertos terremotos en el Mediterráneo. De las clases salieron en tropel cientos, miles, tal vez millones de muchachos que en lugar de hablar gritaban, reían, corrían, se empujaban, desenvolvían los bocadillos del desayuno y se precipitaban por las escaleras a la máxima velocidad que sus piernas les permitían. Se agolpaban unos breves instantes en la gran puerta que daba acceso al patio y de ahí se desparramaban en todas las direcciones posibles, muchos con sus balones, para ocupar de inmediato las canchas de fútbol, de baloncesto, y todos los rincones del patio. Seguro que el big bang con que se inició el universo debió ser algo parecido. &#xA;&#xA;Ninguna posibilidad de limpieza hasta que el recreo terminara. Juan se colocó en un rincón para observarlo todo con gran interés. Una pequeña parte del patio estaba cubierta. Ahí se instalaban los más tranquilos, que desayunaban con calma y hablaban en pequeños grupos. Pero era pocos. El resto ocupaba todo el patio, en forma de ele. En una única cancha de fútbol se disputaban cientos de partidos distintos. Cada portería con su grupo de porteros; uno bajo los palos y los demás esperando que el equipo contra el cual jugaban se presentara con el balón dispuesto a marcar. A veces, varios porteros ocupaban simultáneamente la portería. En la otra parte de la ele, la cancha de baloncesto, ocurría lo mismo, aunque ahí la densidad de población deportiva era menor. El patio destinado al fútbol lo cruzaban dos pistas de minibasket, cada una de ellas también con sus correspondientes partidos. Golpes, caídas, encontronazos, faltas, pequeñas peleas… era el desorden más ordenado que jamás había presenciado, porque no parecía que nadie se hiciera daño. En cada esquina, por turno semanal, un par de profesores charlaba y parecía vigilar todo lo que acontecía. Ante la imposibilidad de cruzar el patio, si alguna vez sucedía algo serio, como no solía producirse delante de sus ojos, los encargados de ponerles sobreaviso eran ciertos alumnos especializados en este tipo de quehacer, aunque realmente pocas veces ocurrían cosas que los profesores tuvieran que estar informados. Los litigios se solucionaban entre alumnos y, tras la media hora preceptiva de patio, casi todo quedaba olvidado. Por lo menos hasta el siguiente recreo. A las once y media volvió a sonar el timbre, esta vez para avisar que las clases empezaban de nuevo. Poco a poco todos, la mayoría sudorosos y acalorados, fueron subiendo a sus pisos respectivos, con bastante menos ardor que en la bajada. Algunos, los más osados, aún apuraban el tiempo de desconexión y seguían con sus partidos hasta que ya casi todos los demás habían subido. Luego la calma se adueñó, de nuevo, del patio.&#xA;&#xA;Le costó unos minutos recuperarse de aquella explosión de alegría desbordada, solo interrumpida por la llamada trágica del timbre que obligaba al regreso a las clases. Pero no tardó en volver a la realidad al ver en qué se ha convertido el suelo del patio que había dejado limpio apenas media hora antes. Decenas de cientos, tal vez miles de papeles que parecían llegados de todas las partes del mundo, de envoltorios de chocolatinas, de bocadillos apenas mordisqueados, de pieles de fruta, de envases de cartón de zumos medio consumidos y una infinidad de cosas más estaban esparcidas por toda la superficie del área de juego. Tan sólo las papeleras, colocadas estrategicamente por todo el patio, quedaban libres de desechos. De modo que tuvo que volver a limpiar todo el recinto. Lo que no sabía es que, tras el recreo de mediodía todo volvería a repetirse, aunque por suerte en menor intensidad. No hay duda, pensó, limpiar un patio de colegio era lo más parecido al tormento de Sísifo.&#xA;&#xA;El recreo del mediodía tuvo, con alguna que otra variación, la misma intensidad. Lo más relevante fue que se prolongó dos horas. La actividad frenética de los alumnos era igualmente constante y solo se veía interrumpida por las llamadas a los cursos a que fueran acudiendo a comer. Los más ávidos de ejercicio solían despachar su visita al comedor en unos diez minutos, tras lo cual reanudaban los partidos sin apenas descanso y sin esperar a los rezagados, más lentos en comer. A las tres renació la calma y pudo reiniciar su tarea sin molestias. El patio de nuevo salpicado de papeles de todos tipos y colores, como si fuese primavera, mientras las papeleras seguían esperando, sin quejarse, que alguien se acordara de ellas y les diera alguna razón para su existencia. &#xA;&#xA;A las cinco de la tarde se produjo un nuevo aluvión de papeles y restos de bocadillos por el suelo de los patios. Era la hora de la merienda que marcaba el final de la jornada. Menos que por la mañana, pero obligó a Juan a dar un nuevo repaso a toda la instalación con el cubo y la escoba. A los pocos minutos los patios quedaron prácticamente desiertos. Casi todos los ocupantes los abandonaron y se dirigieron a sus casas. &#xA;&#xA;—¡Adiós Juan! ¡Hasta mañana!— era de nuevo Beto el que le hablaba, aunque costaba reconocerlo. Su aspecto limpio, arreglado, peinado con cuidado, con la camisa por dentro de los pantalones y un jersey impecable, de la mañana había sido sustituido por otro con el cabello alborotado, manchas de todo tipo en el jersey y la camisa por fuera, además del cansancio que mostraba su rostro. Mañana, sin embargo, sería un hombre nuevo.&#xA;&#xA;—¡Hasta mañana, Beto!— le respondió Juan.&#xA;&#xA;Algo más tarde aparecieron los que practicaban algún deporte, pero ya no hubo el desorden de los recreos. Los sonidos, los ruidos, todo era diferente. Un par de horas más tarde acabó toda actividad. A la luz del único foco que quedaba encendido dio el último repaso al patio. Guardó los trastos de la limpieza y se dispuso a marchar. Antes volvió la vista atrás y echó un vistazo al patio. El único foco le daba un aire medio fantasmal. Todo era calma. Se quedó un buen rato contemplándolo. Y entonces soñó.&#xA;Soñó que veía de nuevo el ajetreo desbordado de los recreos. Imaginó miles de papeles de todas las formas y colores ocupando sus lugares en el asfalto del patio. Vio aquellos cientos de miles de muchachos con sus balones, moviéndose en todas las direcciones posibles sin apenas chocar entre sí. Observó como las hojas de los árboles caían formando espirales hasta ocupar el rincón del patio que les correspondía, gracias a los pequeños remolinos mágicos que el viento creaba al atardecer. Qué contraste, ahora, con lo que ocurría durante el día. Los patios de los colegios no están hechos para estar vacíos. Deberían estar siempre, noche y día, llenos de chavales en movimiento perpetuo. Deberían ser en todo instante espacios para la alegría, las peleas, las conversaciones airadas, los empujones, las carreras y los sonidos. Ser el lugar donde se forjan amistades, aquellas que duran toda una vida, donde los recuerdos permanecen más vivos. De modo que no le gustaba en absoluto como quedaban los patios, ahora, a la luz de un único foco y abandonados a la tristeza. Pero los patios también necesitan descansar. &#xA;&#xA;]]&gt;</description>
      <content:encoded><![CDATA[<h2 id="el-limpiador-de-patios">El limpiador de patios</h2>

<p><a href="https://jordibargallo.writeas.com/tag:relatos" class="hashtag"><span>#</span><span class="p-category">relatos</span></a></p>

<p>— ¡Hola! ¿Tú quién eres? ¿Limpias los patios? ¿Eres nuevo?</p>

<p> Juan tenía delante suyo a un niño de unos nueve años. La cara salpicada de pecas y una enorme sonrisa, a pesar de que aún no eran las ocho de la mañana. Iba cargado con una enorme mochila en la espalda y un balón en las manos.</p>

<p>—¿Qué tal? Soy Juan. Limpio los patios y soy nuevo, sí—, le respondió.</p>

<p>—Pues yo me llamo Beto y siempre soy el primero en llegar. Mi padre me deja muy pronto porque ha de ir a trabajar. Luego llegan Toni y Sergio. ¡Mira! Ahí vienen. ¡Adiós! ¡Nos vamos a jugar!— Y desapareció como por encanto.</p>

<p>Soltó el chorro de palabras con tanta rapidez que no dio tiempo a Juan a decirle nada más. Se preguntó cómo era posible correr a aquella increíble velocidad con el peso que llevaba. Tampoco sabía todavía que los niños suelen hacer tres o cuatro preguntas a la vez, o te sueltan información que no has pedido y desaparecen como rayos en una tormenta de verano, sin esperar las respuestas. Algunos, aunque no son conscientes de ello, quién sabe si lo aceleran todo para llegar cuanto antes al mundo de los adultos. Beto salió disparado a recibir a sus amigos. </p>

<p>Hacía frío y apenas había luz, pero el trío de recién llegados se lanzó tras el balón sin que nada más pareciera importarles. Eran los encargados de romper cada mañana la calma que no volvería hasta pasadas las ocho de la noche. Después, a medida que un tímido sol se imponía, los patios, dos enormes zonas delante y detrás del colegio, se iban llenando de chavales de todas las edades, hasta que a las nueve menos cinco el timbre, que era la fatídica señal para que todos fueran ocupando su lugar en las clases, rompía la magia de las primeras horas del día.
Solo cuando el patio quedó desierto Juan, el limpiador, completó la primera limpieza del día. Apenas unas hojas y algunos papeles. Entonces se fue a desayunar.</p>

<p>Lo que sucedió a las once nunca lo hubiera podido imaginar. Sonó de nuevo el timbre, aunque esta vez su voz era alegre. Avisaba a miles de impacientes muchachos que la hora del recreo por fin había llegado. Los más pequeños, entre tres y siete años, empezaron a salir de sus clases. Bajaban las pocas escaleras que les separaba del patio en relativo silencio. Aunque es cierto que algunos gritaban, sus pies, debido a su rapidez y a su escaso peso, apenas parecían tocar el suelo, por lo que casi no hacían ruido. Más que correr se deslizaban por los escalones,  flotaban hasta alcanzar su patio. En cambio, con los más mayores la cosa era distinta. Todo el edificio, sin excepción, se puso a temblar, como posiblemente sucede cuando empiezan ciertos terremotos en el Mediterráneo. De las clases salieron en tropel cientos, miles, tal vez millones de muchachos que en lugar de hablar gritaban, reían, corrían, se empujaban, desenvolvían los bocadillos del desayuno y se precipitaban por las escaleras a la máxima velocidad que sus piernas les permitían. Se agolpaban unos breves instantes en la gran puerta que daba acceso al patio y de ahí se desparramaban en todas las direcciones posibles, muchos con sus balones, para ocupar de inmediato las canchas de fútbol, de baloncesto, y todos los rincones del patio. Seguro que el big bang con que se inició el universo debió ser algo parecido.</p>

<p>Ninguna posibilidad de limpieza hasta que el recreo terminara. Juan se colocó en un rincón para observarlo todo con gran interés. Una pequeña parte del patio estaba cubierta. Ahí se instalaban los más tranquilos, que desayunaban con calma y hablaban en pequeños grupos. Pero era pocos. El resto ocupaba todo el patio, en forma de ele. En una única cancha de fútbol se disputaban cientos de partidos distintos. Cada portería con su grupo de porteros; uno bajo los palos y los demás esperando que el equipo contra el cual jugaban se presentara con el balón dispuesto a marcar. A veces, varios porteros ocupaban simultáneamente la portería. En la otra parte de la ele, la cancha de baloncesto, ocurría lo mismo, aunque ahí la densidad de población deportiva era menor. El patio destinado al fútbol lo cruzaban dos pistas de minibasket, cada una de ellas también con sus correspondientes partidos. Golpes, caídas, encontronazos, faltas, pequeñas peleas… era el desorden más ordenado que jamás había presenciado, porque no parecía que nadie se hiciera daño. En cada esquina, por turno semanal, un par de profesores charlaba y parecía vigilar todo lo que acontecía. Ante la imposibilidad de cruzar el patio, si alguna vez sucedía algo serio, como no solía producirse delante de sus ojos, los encargados de ponerles sobreaviso eran ciertos alumnos especializados en este tipo de quehacer, aunque realmente pocas veces ocurrían cosas que los profesores tuvieran que estar informados. Los litigios se solucionaban entre alumnos y, tras la media hora preceptiva de patio, casi todo quedaba olvidado. Por lo menos hasta el siguiente recreo. A las once y media volvió a sonar el timbre, esta vez para avisar que las clases empezaban de nuevo. Poco a poco todos, la mayoría sudorosos y acalorados, fueron subiendo a sus pisos respectivos, con bastante menos ardor que en la bajada. Algunos, los más osados, aún apuraban el tiempo de desconexión y seguían con sus partidos hasta que ya casi todos los demás habían subido. Luego la calma se adueñó, de nuevo, del patio.</p>

<p>Le costó unos minutos recuperarse de aquella explosión de alegría desbordada, solo interrumpida por la llamada trágica del timbre que obligaba al regreso a las clases. Pero no tardó en volver a la realidad al ver en qué se ha convertido el suelo del patio que había dejado limpio apenas media hora antes. Decenas de cientos, tal vez miles de papeles que parecían llegados de todas las partes del mundo, de envoltorios de chocolatinas, de bocadillos apenas mordisqueados, de pieles de fruta, de envases de cartón de zumos medio consumidos y una infinidad de cosas más estaban esparcidas por toda la superficie del área de juego. Tan sólo las papeleras, colocadas estrategicamente por todo el patio, quedaban libres de desechos. De modo que tuvo que volver a limpiar todo el recinto. Lo que no sabía es que, tras el recreo de mediodía todo volvería a repetirse, aunque por suerte en menor intensidad. No hay duda, pensó, limpiar un patio de colegio era lo más parecido al tormento de Sísifo.</p>

<p>El recreo del mediodía tuvo, con alguna que otra variación, la misma intensidad. Lo más relevante fue que se prolongó dos horas. La actividad frenética de los alumnos era igualmente constante y solo se veía interrumpida por las llamadas a los cursos a que fueran acudiendo a comer. Los más ávidos de ejercicio solían despachar su visita al comedor en unos diez minutos, tras lo cual reanudaban los partidos sin apenas descanso y sin esperar a los rezagados, más lentos en comer. A las tres renació la calma y pudo reiniciar su tarea sin molestias. El patio de nuevo salpicado de papeles de todos tipos y colores, como si fuese primavera, mientras las papeleras seguían esperando, sin quejarse, que alguien se acordara de ellas y les diera alguna razón para su existencia.</p>

<p>A las cinco de la tarde se produjo un nuevo aluvión de papeles y restos de bocadillos por el suelo de los patios. Era la hora de la merienda que marcaba el final de la jornada. Menos que por la mañana, pero obligó a Juan a dar un nuevo repaso a toda la instalación con el cubo y la escoba. A los pocos minutos los patios quedaron prácticamente desiertos. Casi todos los ocupantes los abandonaron y se dirigieron a sus casas.</p>

<p>—¡Adiós Juan! ¡Hasta mañana!— era de nuevo Beto el que le hablaba, aunque costaba reconocerlo. Su aspecto limpio, arreglado, peinado con cuidado, con la camisa por dentro de los pantalones y un jersey impecable, de la mañana había sido sustituido por otro con el cabello alborotado, manchas de todo tipo en el jersey y la camisa por fuera, además del cansancio que mostraba su rostro. Mañana, sin embargo, sería un hombre nuevo.</p>

<p>—¡Hasta mañana, Beto!— le respondió Juan.</p>

<p>Algo más tarde aparecieron los que practicaban algún deporte, pero ya no hubo el desorden de los recreos. Los sonidos, los ruidos, todo era diferente. Un par de horas más tarde acabó toda actividad. A la luz del único foco que quedaba encendido dio el último repaso al patio. Guardó los trastos de la limpieza y se dispuso a marchar. Antes volvió la vista atrás y echó un vistazo al patio. El único foco le daba un aire medio fantasmal. Todo era calma. Se quedó un buen rato contemplándolo. Y entonces soñó.
Soñó que veía de nuevo el ajetreo desbordado de los recreos. Imaginó miles de papeles de todas las formas y colores ocupando sus lugares en el asfalto del patio. Vio aquellos cientos de miles de muchachos con sus balones, moviéndose en todas las direcciones posibles sin apenas chocar entre sí. Observó como las hojas de los árboles caían formando espirales hasta ocupar el rincón del patio que les correspondía, gracias a los pequeños remolinos mágicos que el viento creaba al atardecer. Qué contraste, ahora, con lo que ocurría durante el día. Los patios de los colegios no están hechos para estar vacíos. Deberían estar siempre, noche y día, llenos de chavales en movimiento perpetuo. Deberían ser en todo instante espacios para la alegría, las peleas, las conversaciones airadas, los empujones, las carreras y los sonidos. Ser el lugar donde se forjan amistades, aquellas que duran toda una vida, donde los recuerdos permanecen más vivos. De modo que no le gustaba en absoluto como quedaban los patios, ahora, a la luz de un único foco y abandonados a la tristeza. Pero los patios también necesitan descansar.</p>
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      <guid>https://jordibargallo.writeas.com/el-limpiador-de-patios</guid>
      <pubDate>Fri, 23 Apr 2021 07:37:43 +0000</pubDate>
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      <title>LIBROS: Un regalo inesperado </title>
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      <description>&lt;![CDATA[Los relatos cuentan historias variadas que siempre hablan de la naturaleza humana, de sus miserias y de sus heroicidades, desde un punto de vista amable, con un humor tierno o una ternura humorística, no sabría decir… sin juicios, sin amargura, un retrato sutil y crítico, no obstante; de la memoria, el inexorable paso del tiempo y sus cambios, nuestra pertinaz necesidad de trascendencia, y otras necesidades más mundanas, la soledad, las expectativas, los sueños y anhelos, la cultura, el esfuerzo, las recompensas, las frustraciones y todas esas características humanas, cotidianas, místicas y filosóficas (del Prólogo, Adela Resurrección).&#xA;&#xA;Si estás interesado en adquirir el libro puedes hacerlo en Amazon, en formato impreso o en formato digital&#xA;&#xA;Comprar]]&gt;</description>
      <content:encoded><![CDATA[<p>Los relatos cuentan historias variadas que siempre hablan de la naturaleza humana, de sus miserias y de sus heroicidades, desde un punto de vista amable, con un humor tierno o una ternura humorística, no sabría decir… sin juicios, sin amargura, un retrato sutil y crítico, no obstante; de la memoria, el inexorable paso del tiempo y sus cambios, nuestra pertinaz necesidad de trascendencia, y otras necesidades más mundanas, la soledad, las expectativas, los sueños y anhelos, la cultura, el esfuerzo, las recompensas, las frustraciones y todas esas características humanas, cotidianas, místicas y filosóficas (del Prólogo, Adela Resurrección).</p>

<p>Si estás interesado en adquirir el libro puedes hacerlo en Amazon, en formato impreso o en formato digital</p>

<p><img src="https://i.snap.as/v3lwVqbz.jpg" alt=""/></p>

<p><a href="https://www.amazon.es/regalo-inesperado-otros-relatos-ebook/dp/B0896TKZBM/ref=sr_1_1?__mk_es_ES=ÅMÅŽÕÑ&amp;dchild=1&amp;keywords=un+regalo+inesperado+libro+y+otros+relatos&amp;qid=1618820899&amp;sr=8-1">Comprar</a></p>
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      <guid>https://jordibargallo.writeas.com/un-regalo-inesperado-y-otros-relatos</guid>
      <pubDate>Mon, 19 Apr 2021 08:28:53 +0000</pubDate>
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      <title>Un café horrible</title>
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      <description>&lt;![CDATA[Un café horrible&#xA;&#xA;relatos&#xA;&#xA;Llevaba más de dos meses sin salir de casa por el maldito rollo de la pandemia. Los primeros días aún los aguantó bastante bien, no estaba especialmente nervioso, pasaba el día tranquilo arreglando cosas de casa que hacía tiempo que esperaban que llegara su oportunidad. Pero eso solo duró los primeros tres o cuatro días. Después, de repente, los nervios pudieron mas que él y su comportamiento hubiera hecho las delicias de cualquier psiquiatra. Solo pensaba en el día en que por fin pudiera volver a salir, meterse de lleno en los ríos de gente que solían abarrotar las calles, entrar en un bar a tomarse un par de cafés, quedar con algún amigo, en fin, cualquier cosa menos quedarse en casa. Hacía planes continuamente, los deshacía y los volvía a hacer. Se movía como un bicho enjaulado, arriba y abajo del apartamento, una y otra vez. Pero eso fue solo durante los tres o cuatro días que siguieron a los tres o cuatro primeros días en los que su comportamiento aún se había podido calificar como bastante normal. Después cayó en una profunda desazón y se pasaba el día haciendo viajes de su cama al sofa del salón y viceversa. Acabó hasta el gorro de series televisivas y de videoconferencias con los colegas. Pues bien, ahora que por fin ya se podía salir, solo o en pequeños grupos, y el resto de mortales empezaba a ocupar las terrazas de los bares, a él no le apetecía nada hacerlo. Las ganas, acumuladas en esos largos dos meses y medio, habían desaparecido sin dejar rastro. !--more--&#xA;&#xA;A pesar de todo, aquel primer día de la segunda fase de la desescalada se vio obligado a salir cuando le llamó su amigo Alain. Quedaron en ir a dar una vuelta por la tarde, sin más, y sentarse un rato en una terraza para tomar un café. La primera parte del plan salió bien. Pasearon un rato sin rumbo fijo y respiraron el nuevo aire que la calle les proporcionaba, casi tan puro como si estuviesen en una montaña. La segunda parte, lo de tomar un café, costó algo más. No había manera de encontrar una mesa libre en las terrazas. Los paseos debían haber agotado físicamente a la gente y todo el mundo se lanzaba a ocupar las terrazas al mismo tiempo.&#xA;&#xA;—Joder, qué desastre, con lo bien que se estaba en casa.&#xA;&#xA;Pero siguieron intentándolo.&#xA;&#xA;—Oye Alain, ¿por qué no lo dejamos estar de una maldita vez?&#xA;&#xA;Pero nada desanimaba a su amigo que continuaba buscando en el horizonte la terraza ansiada como si se tratara de la tierra prometida.&#xA;Por fin y aunque no encajaba del todo con lo que buscaban encontraron una y pudieron descansar y pidieron dos cafés, uno corto  y otro largo. El largo, para Alain.&#xA;&#xA;—¡Dios mío! ¿Tú crees que a esto se le puede llamar café?, —soltó nada más dio el primer sorbo. Y hasta le cambió el color de la cara por unos instantes.&#xA;Alain se encogió de hombros y abrió ligeramente los brazos en señal de paciencia.&#xA;—Alain, —preguntó una vez visiblemente recuperado, ¿qué más cosas se pueden hacer en esta segunda fase? ¿Crees que podemos follar, ya? &#xA;Alain suspiró profundamente y se volvió a encoger de hombros. Él se quedó dubitativo mientras intentaba darle un sentido al suspiro y el gesto de su amigo.&#xA;—Es que me apetecería hacerlo, ¿sabes? Ya sé que me dirás que antes tampoco lo hacíamos y que no sabes a que vienen ahora estas ganas, así de repente. Pero pienso que debe haber un montón de tías con ganas de tener experiencias, digo yo. Quizás ha llegado nuestro momento, ¿no? ¡O al menos, el mío! &#xA;Alain volvió a suspirar.&#xA;—Bueno, ¡mejor déjalo!&#xA;Se quedaron unos minutos más en la terraza, luego pasearon otra vez y alrededor de las ocho volvieron a casa.&#xA;—Nos vemos mañana, dijo Alain.&#xA;—Mejor dentro de dos meses, contestó él.&#xA;Llegó a casa y se tumbó directamente en el sofá.&#xA;]]&gt;</description>
      <content:encoded><![CDATA[<h2 id="un-café-horrible"><strong>Un café horrible</strong></h2>

<p><a href="https://jordibargallo.writeas.com/tag:relatos" class="hashtag"><span>#</span><span class="p-category">relatos</span></a></p>

<p>Llevaba más de dos meses sin salir de casa por el maldito rollo de la pandemia. Los primeros días aún los aguantó bastante bien, no estaba especialmente nervioso, pasaba el día tranquilo arreglando cosas de casa que hacía tiempo que esperaban que llegara su oportunidad. Pero eso solo duró los primeros tres o cuatro días. Después, de repente, los nervios pudieron mas que él y su comportamiento hubiera hecho las delicias de cualquier psiquiatra. Solo pensaba en el día en que por fin pudiera volver a salir, meterse de lleno en los ríos de gente que solían abarrotar las calles, entrar en un bar a tomarse un par de cafés, quedar con algún amigo, en fin, cualquier cosa menos quedarse en casa. Hacía planes continuamente, los deshacía y los volvía a hacer. Se movía como un bicho enjaulado, arriba y abajo del apartamento, una y otra vez. Pero eso fue solo durante los tres o cuatro días que siguieron a los tres o cuatro primeros días en los que su comportamiento aún se había podido calificar como bastante normal. Después cayó en una profunda desazón y se pasaba el día haciendo viajes de su cama al sofa del salón y viceversa. Acabó hasta el gorro de series televisivas y de videoconferencias con los colegas. Pues bien, ahora que por fin ya se podía salir, solo o en pequeños grupos, y el resto de mortales empezaba a ocupar las terrazas de los bares, a él no le apetecía nada hacerlo. Las ganas, acumuladas en esos largos dos meses y medio, habían desaparecido sin dejar rastro. </p>

<p>A pesar de todo, aquel primer día de la segunda fase de la desescalada se vio obligado a salir cuando le llamó su amigo Alain. Quedaron en ir a dar una vuelta por la tarde, sin más, y sentarse un rato en una terraza para tomar un café. La primera parte del plan salió bien. Pasearon un rato sin rumbo fijo y respiraron el nuevo aire que la calle les proporcionaba, casi tan puro como si estuviesen en una montaña. La segunda parte, lo de tomar un café, costó algo más. No había manera de encontrar una mesa libre en las terrazas. Los paseos debían haber agotado físicamente a la gente y todo el mundo se lanzaba a ocupar las terrazas al mismo tiempo.</p>

<p>—Joder, qué desastre, con lo bien que se estaba en casa.</p>

<p>Pero siguieron intentándolo.</p>

<p>—Oye Alain, ¿por qué no lo dejamos estar de una maldita vez?</p>

<p>Pero nada desanimaba a su amigo que continuaba buscando en el horizonte la terraza ansiada como si se tratara de la tierra prometida.
Por fin y aunque no encajaba del todo con lo que buscaban encontraron una y pudieron descansar y pidieron dos cafés, uno corto  y otro largo. El largo, para Alain.</p>

<p>—¡Dios mío! ¿Tú crees que a esto se le puede llamar café?, —soltó nada más dio el primer sorbo. Y hasta le cambió el color de la cara por unos instantes.
Alain se encogió de hombros y abrió ligeramente los brazos en señal de paciencia.
—Alain, —preguntó una vez visiblemente recuperado, ¿qué más cosas se pueden hacer en esta segunda fase? ¿Crees que podemos follar, ya?
Alain suspiró profundamente y se volvió a encoger de hombros. Él se quedó dubitativo mientras intentaba darle un sentido al suspiro y el gesto de su amigo.
—Es que me apetecería hacerlo, ¿sabes? Ya sé que me dirás que antes tampoco lo hacíamos y que no sabes a que vienen ahora estas ganas, así de repente. Pero pienso que debe haber un montón de tías con ganas de tener experiencias, digo yo. Quizás ha llegado nuestro momento, ¿no? ¡O al menos, el mío!
Alain volvió a suspirar.
—Bueno, ¡mejor déjalo!
Se quedaron unos minutos más en la terraza, luego pasearon otra vez y alrededor de las ocho volvieron a casa.
—Nos vemos mañana, dijo Alain.
—Mejor dentro de dos meses, contestó él.
Llegó a casa y se tumbó directamente en el sofá.</p>
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      <pubDate>Sun, 18 Apr 2021 08:34:28 +0000</pubDate>
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