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    <title>ficción &amp;mdash; jordibargallo</title>
    <link>https://jordibargallo.writeas.com/tag:ficción</link>
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    <pubDate>Sat, 19 Sep 2026 11:10:55 +0000</pubDate>
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      <title>Los nuevos moradores</title>
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      <description>&lt;![CDATA[Los nuevos moradores&#xA;&#xA;#ficción #relatos&#xA;&#xA;El viejo vivía en una cabaña a poca distancia del pueblo. Cuando los últimos moradores abandonaron las casas para buscar trabajo en las ciudades, él no quiso abandonar su cabaña y allí se quedó. Podía haberse instalado en cualquiera de las viviendas del pueblo, pero prefirió quedarse en la que era su casa desde tiempo inmemorial. Allí era feliz y no le faltaba de nada.&#xA;&#xA;Algunos años más tarde, no sabía cuántos, contemplando una mañana el horizonte desde un monte cercano, se sorprendió al ver muy a lo lejos una inmensa nube negra que ascendía hacia el cielo. Dedujo que provenía de lo que llamabanla zona de las grandes ciudades, que estaba a cientos de kilómetros de distancia. La nube, negra y amenazadora, permaneció como estancada encima de ellas durante mucho tiempo. Ese mismo día, al atardecer, unos vehículos llegaron a la plaza del pueblo. El viejo los pudo ver desde la ventana de su cabaña, semioculta entre los pinos. !--more--Pensó que tal vez se instalarían en las casas que aún conservaban el buen aspecto que tenían cuando fueron abandonadas. Pero no fue así. Cada vehículo era lo suficientemente amplio como para alojar a dos o tres personas. Y allí vivieron. Salían de su habitáculo por la mañana y se sentaban repartidos por la plaza, absortos por completo en en una especie de cuadernos grises con pantalla. Cada uno de ellos tenía su cuaderno. Volvían a entrar en el vehículo para comer y regresaban de nuevo a la plaza por la tarde con sus cuadernos grises. Casi nunca hablaban entre ellos. Al atardecer, cuando el sol se ponía, entraban de nuevo en sus vehículos. Nunca les vio caminar ni tampoco alejarse del recinto de la plaza.&#xA;&#xA;La rutina se repitió a diario durante algo más de un año. Periódicamente llegaban otros vehículos de los que descargaban lo que parecían ser provisiones. Una vez completada la descarga se marchaban para volver a la semana siguiente. El viejo pronto se cansó de observar lo que denominaba nuevos moradores. Siempre pendientes de sus cuadernos con pantalla, nunca levantaron la vista para observar las nubes en el cielo. Nunca hicieron caso de las parejas de mirlos o las golondrinas que revoloteaban por la plaza. Nunca escucharon el rumor del viento ni olieron el perfume que emanaba de los pinos y de las flores. &#xA;&#xA;El viejo no tuvo miedo cuando llegaron los nuevos moradores. Si ya no temía ni a la muerte, qué motivo había para temerlos a ellos. Quizás algo intranquilo sí que se sintió, pero fue tan solo al principio. Luego se limitó a observarlos. Y un poco más tarde los olvidó. Un buen día, de nuevo en lo alto del monte, el viejo se dio cuenta de que la gran nube negra encima de la ciudad casi había desaparecido. Curiosamente, esa misma tarde, los nuevos moradores, al acabar su tarea, subieron a sus vehículos y se marcharon del pueblo. Nunca más los volvió a ver. &#xA;&#xA;A pesar de que aquel primer sentimiento de intranquilidad de los primeros días nunca llegó a transformarse en miedo, el viejo sintió que su corazón se aliviaba cuando los vio marchar. ]]&gt;</description>
      <content:encoded><![CDATA[<h2 id="los-nuevos-moradores">Los nuevos moradores</h2>

<p><a href="https://jordibargallo.writeas.com/tag:ficci%C3%B3n" class="hashtag"><span>#</span><span class="p-category">ficción</span></a> <a href="https://jordibargallo.writeas.com/tag:relatos" class="hashtag"><span>#</span><span class="p-category">relatos</span></a></p>

<p>El viejo vivía en una cabaña a poca distancia del pueblo. Cuando los últimos moradores abandonaron las casas para buscar trabajo en las ciudades, él no quiso abandonar su cabaña y allí se quedó. Podía haberse instalado en cualquiera de las viviendas del pueblo, pero prefirió quedarse en la que era su casa desde tiempo inmemorial. Allí era feliz y no le faltaba de nada.</p>

<p>Algunos años más tarde, no sabía cuántos, contemplando una mañana el horizonte desde un monte cercano, se sorprendió al ver muy a lo lejos una inmensa nube negra que ascendía hacia el cielo. Dedujo que provenía de lo que llamabanla zona de las grandes ciudades, que estaba a cientos de kilómetros de distancia. La nube, negra y amenazadora, permaneció como estancada encima de ellas durante mucho tiempo. Ese mismo día, al atardecer, unos vehículos llegaron a la plaza del pueblo. El viejo los pudo ver desde la ventana de su cabaña, semioculta entre los pinos. Pensó que tal vez se instalarían en las casas que aún conservaban el buen aspecto que tenían cuando fueron abandonadas. Pero no fue así. Cada vehículo era lo suficientemente amplio como para alojar a dos o tres personas. Y allí vivieron. Salían de su habitáculo por la mañana y se sentaban repartidos por la plaza, absortos por completo en en una especie de cuadernos grises con pantalla. Cada uno de ellos tenía su cuaderno. Volvían a entrar en el vehículo para comer y regresaban de nuevo a la plaza por la tarde con sus cuadernos grises. Casi nunca hablaban entre ellos. Al atardecer, cuando el sol se ponía, entraban de nuevo en sus vehículos. Nunca les vio caminar ni tampoco alejarse del recinto de la plaza.</p>

<p>La rutina se repitió a diario durante algo más de un año. Periódicamente llegaban otros vehículos de los que descargaban lo que parecían ser provisiones. Una vez completada la descarga se marchaban para volver a la semana siguiente. El viejo pronto se cansó de observar lo que denominaba nuevos moradores. Siempre pendientes de sus cuadernos con pantalla, nunca levantaron la vista para observar las nubes en el cielo. Nunca hicieron caso de las parejas de mirlos o las golondrinas que revoloteaban por la plaza. Nunca escucharon el rumor del viento ni olieron el perfume que emanaba de los pinos y de las flores.</p>

<p>El viejo no tuvo miedo cuando llegaron los nuevos moradores. Si ya no temía ni a la muerte, qué motivo había para temerlos a ellos. Quizás algo intranquilo sí que se sintió, pero fue tan solo al principio. Luego se limitó a observarlos. Y un poco más tarde los olvidó. Un buen día, de nuevo en lo alto del monte, el viejo se dio cuenta de que la gran nube negra encima de la ciudad casi había desaparecido. Curiosamente, esa misma tarde, los nuevos moradores, al acabar su tarea, subieron a sus vehículos y se marcharon del pueblo. Nunca más los volvió a ver.</p>

<p>A pesar de que aquel primer sentimiento de intranquilidad de los primeros días nunca llegó a transformarse en miedo, el viejo sintió que su corazón se aliviaba cuando los vio marchar.</p>
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      <guid>https://jordibargallo.writeas.com/los-nuevos-moradores</guid>
      <pubDate>Thu, 20 May 2021 08:25:37 +0000</pubDate>
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    <item>
      <title>Paloma con salsa agridulce</title>
      <link>https://jordibargallo.writeas.com/paloma-con-salsa-agridulce?pk_campaign=rss-feed</link>
      <description>&lt;![CDATA[Paloma con salsa agridulce&#xA;&#xA;#relatos #ficción&#xA;&#xA;Estaba vistiéndome una mañana cuando me llamaron la atención unos ruidos que venían de la cocina. Eran unos golpecitos suaves y rítmicos. Toc, toc, toc… Paraban unos segundos y luego otros toques más. Intrigado fui hasta la cocina y vi una paloma que reposaba en el alféizar de la ventana. Con el pico golpeaba el cristal, toc, toc, toc... Abrí con cuidado para no asustarla y vi que llevaba atado a una pata un pequeño tubo de metal. Se lo quité con cuidado y en su interior descubrí un papel con algo escrito. La paloma se quedó quieta, como esperando una respuesta. Como hacía calor le puse en un pequeño recipiente un poco de agua y  bebió con avidez. Al terminar hizo un sonido como dándome las gracias. !--more--&#xA;&#xA;De entrada pensé que podía ser un mensaje de Amazon, que avisaban que sería más ecológico utilizar palomas mensajeras en lugar de los drones para la entrega de paquetes, pero enseguida me di cuenta de que necesitarían aves más corpulentas para enviarme el libro que había pedido. De modo que me lo quité de cabeza con rapidez. Se trataba de un mensaje de mi amigo Nicolás. Me informaba que a partir de ese momento nos comunicaríamos utilizando su paloma, que ya estaba harto de que la gente solo lo hiciera por whatsapp, le incluyeran constantemente en grupos en los que no tenía ningún interés en participar, o por el maldito instagram. También se desprendía para siempre del móvil (cosa que realmente consistió en un desprendimiento en toda regla pues lo tiró desde una montaña hasta el fondo de un barranco), que solo le daba quebraderos de cabeza. También, me decía, que para temas más profundos podíamos utilizar el sistema antiguo (sic) de enviarnos una carta. Añadía, finalmente, que le diera agua a la paloma y algo de comer para garantizar su vuelo de vuelta. El agua ya se la había dado y como no sabía lo que comían tuve que mirarlo por internet. Era mi primera experiencia con palomas si exceptuamos los rastros que dejan de vez en cuando en los cristales de mi coche. Así que troceé unos copos azucarados de maíz que se zampó enseguida, tras enrollar el papelito con mi respuesta en el tubo de la pata. Hizo el mismo sonido que antes y antes de emprender el vuelo se cagó en el mismo alféizar. Supongo que debió ser para poder volar más ligera y ahorrar energía.&#xA;&#xA;Dos días más tarde volvió la paloma sobre la misma hora. Sin embargo esta vez vino acompañada con tres más de su especie, pero que no eran mensajeras sino que se habían dado cuenta de la posibilidad de comer y beber a mi costa. Las tuve que asustar para descargar, digo desenrollar, el mensaje, y para que no participaran en el desayuno de la mensajera. Cuando le volví a enrollar mi respuesta, nuevo ruido de agradecimiento y nueva cagada en la ventana, a lo que hubo que añadir la de las otras palomas, posiblemente como castigo por haberles denegado un desayuno al que creían tener derecho. &#xA;&#xA;Mi amigo había sustituido, literalmente, el whatsapp por la paloma, de modo que esta me visitaba tres o cuatro veces al día. Incluso alguna vez la paloma se presentaba en mi ventana sin ningún mensaje, por lo que deduje que se había aficionado a mis corn-flakes azucarados. La utilizaba para contarme o preguntarme cualquier tontería. Y siempre que llegaba también aparecían como surgidas de la nada el resto de palomas a las que no me quedó más remedio que dar de comer y beber. Primero fueron tres o cuatro; a la semana ya eran unas veinte, y al cabo de un mes debían llegar a cincuenta. Todas se instalaban en la ventana y en el balcón que daba a la cocina. Pensándolo bien creo que contaminaban más la mensajera y sus amigas que el móvil que tenía antes de utilizar el sistema, porque me dejaban el alféizar y el balcón hechos un asco. Le escribí una carta convencional para explicárselo pero nunca me llegó a contestar. Como el sello que le pusieron en la oficina de correos tenía que ver con la monarquía y él era republicano quizás rompió la carta sin tan siquiera abrirla. A veces me enviaba la paloma solo para preguntarme cómo estaba o qué tal me había ido el día. Era como una especie de puente aéreo entre la casa de mi amigo y la mía, con el inconveniente para mí que su presencia y la calidad de mis corn-flakes azucarados atraían cada vez a más compañeras que querían comer. Esto empezó a ocasionar las quejas de algunos vecinos que también eran víctimas de los excesos intestinales de las palomas. A los dos meses de utilizar el sistema medio barrio ya estaba infestado de palomas, lo que provocó una reunión urgente en mi comunidad de propietarios para tratar del asunto y no tuve más remedio que asistir. Normalmente este tipo de eventos suelen ser de lo mas aburrido, por eso yo no acostumbraba a ir, pero en este caso fue diferente. Todos, sin excepción, estaban indignados y me echaron las culpas por alimentar a las palomas, pero conseguí que la sangre no llegara al rio. Al final logré calmar a todo el vecindario asegurándoles que solucionaría el problema en el margen de un mes a lo más tardar. Mientras me comprometía a ello la única solución que se le ocurría a mi cerebro, y que no compartí con nadie, era vender el piso y largarme antes de que pasara el mes prometido. Pero, claro, no es fácil vender un piso a las primeras de cambio. &#xA;&#xA;Al acabar la reunión y para poder pensar con algo de claridad me fui a cenar al bar que había en los bajos de mi mismo edificio. Puede comprobar entonces, pues no había entrado en el bar mas que un par de veces desde que vivía ahí, que la nueva moda había llegado hasta mi barrio, o sea, que también estaba ya a cargo de un señor chino y su familia. Creo que, de momento, lo de los chinos es una invasión silenciosa y pacífica. De seguir así de aquí a unos cuantos años todo los bares y muchos negocios más estarán en sus manos. Pero a mi no me importa demasiado porque la verdad es que los chinos que suelen regentar los bares suelen ser de lo más amable y siempre están sonriendo, les digas lo que les digas y aunque lo entiendan a su manera, como aquella vez que en uno de ellos pedí un café con “lichi” y un croissant. Incluso me he llegado a plantear varias veces el ponerme a aprender chino, pero sin éxito. En este caso el chino del bar, además de amable y sonriente, me cambió totalmente la vida.&#xA;&#xA;Me sirvió el arroz con cuatro delicias que había pedido (las tres habituales más  gambas) y se sentó, sonriendo, en mi mesa. “Plofesol nelvioso, eh?”, me dijo. Y añadió enseguida: “Tú tlanquilo, yo tenel solución”. Me dijo que le habían comentado lo de la reunión y que quería proponerme un negocio que acabaría con el problema de las palomas. Pensé que como la China ya era de hecho la primera potencia mundial podía ser interesante hacer negocios con un chino. Cuando acabé de comer se sentó en mi mesa y me dio unos sobrecitos. “Tú ponel un poco de esto en ventana y palomas quedal medio dolmidas. Entonces tú cogel palomas y tlael a mí. Yo pagal. Ploblema acabado. &#xA;&#xA;Así lo hice y si he de ser sincero la verdad es que funcionó a las mil maravillas. Dosifiqué los polvos que había en los sobrecitos y cada día le pasaba seis o siete palomas al del restaurante chino, que se llamaba Wang, como la mayoría. Para abreviar la historia solo diré que al cabo de unas semanas los platos de la carta del restaurante habían aumentado de forma considerable. Ahora, a precios realmente competitivos, se podía comer “carne de ave en salsa picante, carne de ave con bambú, carne de ave al limón, carne de ave al estilo cantonés, aunque el plato estrella, algo más caro, era la carne de ave con salsa agridulce que solo se podía consumir bajo demanda previa. Tuve que dosificar al cuestión porque si en pocos días hubieran desaparecido todas las palomas hubiera levantado sospechas en el vecindario. Como mi trabajo de profesor suplente no me daba para demasiadas alegrías y, además, tenía el gasto extra de los cornflakes azucarados, el negocio de las palomas me ayudaba a llegar a fin de mes con una cierta tranquilidad. Hasta que sobrevino la catástrofe.&#xA;&#xA;Tuve que ausentarme de casa un par de días. Como no quería que el negocio se resintiera le dejé las llaves de mi piso a Wang para que cogiera cada día las palomas que necesitara. Confiaba en él. No ocurrió nada, aunque yo ya tenía que haber presentido algo, porque a mi regreso me di cuenta de que hacía un par de días que la paloma mensajera de mi amigo no se presentaba por casa. Mi amigo tampoco daba señales de vida. Recuerdo muy bien que fue un miércoles. Al salir de casa por la tarde vi que el restaurante estaba cerrado y me extrañó. Justo en la esquina había un pequeño grupo de personas, todos chinos, que hablaban y gesticulaban todos a un tiempo. Me acerqué y pregunte si sabían por qué Wang no había abierto. Un chico joven me explicó que un cliente, el viernes anterior por la noche, había encontrado un cilindro de metal en el plato estrella de la casa, o sea, la carne de ave con salsa agridulce. Dentro del cilindro había un papel enrollado con un mensaje que decía “quedamos el sábado donde siempre, a las seis y media”. Había armado un gran escándalo y tuvo que intervenir la policía. Lo entendí enseguida. La paloma mensajera de mi amigo debía haber tomado por error los polvos que Wang puso en la ventana.&#xA;&#xA;A partir de ahí los acontecimientos se precipitaron. El mismo miércoles por la noche se presentó otro chino en mi casa que se llamaba Lee. Me dijo que era el abogado de Wang. Me comentó que no tenía por qué preocuparme, pues no había dicho nada a la policía de donde procedían las palomas y que desconocía que el consumo de la carne de paloma no estuviera permitido. Les dijo que su proveedor era otro chino que, por casualidad, se encontraba en paradero desconocido, es decir, no se encontraba en ningún parte porque, de hecho, ni tan siquiera existía. La policía lo había dejado, de momento, en libertad sin cargos, y la investigación proseguía en búsqueda del chino desaparecido. El señor Lee, me dijo que Wang y su familia habían regresado, aquella misma noche, urgentemente a su ciudad natal, por si las moscas, o mejor dicho, por si las palomas, no fuera caso de que le trajeran complicaciones. Me indicó que si yo me veía en dificultades y quería, me pagaban un pasaje a China y una vez allí podríamos continuar con nuestros negocios. &#xA;El destino nunca te pregunta si te gusta lo que ha preparado para ti. Ahora vivo en un tranquilo y agradable pueblo del noroeste de China. ]]&gt;</description>
      <content:encoded><![CDATA[<h2 id="paloma-con-salsa-agridulce">Paloma con salsa agridulce</h2>

<p><a href="https://jordibargallo.writeas.com/tag:relatos" class="hashtag"><span>#</span><span class="p-category">relatos</span></a> <a href="https://jordibargallo.writeas.com/tag:ficci%C3%B3n" class="hashtag"><span>#</span><span class="p-category">ficción</span></a></p>

<p>Estaba vistiéndome una mañana cuando me llamaron la atención unos ruidos que venían de la cocina. Eran unos golpecitos suaves y rítmicos. Toc, toc, toc… Paraban unos segundos y luego otros toques más. Intrigado fui hasta la cocina y vi una paloma que reposaba en el alféizar de la ventana. Con el pico golpeaba el cristal, toc, toc, toc... Abrí con cuidado para no asustarla y vi que llevaba atado a una pata un pequeño tubo de metal. Se lo quité con cuidado y en su interior descubrí un papel con algo escrito. La paloma se quedó quieta, como esperando una respuesta. Como hacía calor le puse en un pequeño recipiente un poco de agua y  bebió con avidez. Al terminar hizo un sonido como dándome las gracias. </p>

<p>De entrada pensé que podía ser un mensaje de Amazon, que avisaban que sería más ecológico utilizar palomas mensajeras en lugar de los drones para la entrega de paquetes, pero enseguida me di cuenta de que necesitarían aves más corpulentas para enviarme el libro que había pedido. De modo que me lo quité de cabeza con rapidez. Se trataba de un mensaje de mi amigo Nicolás. Me informaba que a partir de ese momento nos comunicaríamos utilizando su paloma, que ya estaba harto de que la gente solo lo hiciera por whatsapp, le incluyeran constantemente en grupos en los que no tenía ningún interés en participar, o por el maldito instagram. También se desprendía para siempre del móvil (cosa que realmente consistió en un desprendimiento en toda regla pues lo tiró desde una montaña hasta el fondo de un barranco), que solo le daba quebraderos de cabeza. También, me decía, que para temas más profundos podíamos utilizar el sistema antiguo (sic) de enviarnos una carta. Añadía, finalmente, que le diera agua a la paloma y algo de comer para garantizar su vuelo de vuelta. El agua ya se la había dado y como no sabía lo que comían tuve que mirarlo por internet. Era mi primera experiencia con palomas si exceptuamos los rastros que dejan de vez en cuando en los cristales de mi coche. Así que troceé unos copos azucarados de maíz que se zampó enseguida, tras enrollar el papelito con mi respuesta en el tubo de la pata. Hizo el mismo sonido que antes y antes de emprender el vuelo se cagó en el mismo alféizar. Supongo que debió ser para poder volar más ligera y ahorrar energía.</p>

<p>Dos días más tarde volvió la paloma sobre la misma hora. Sin embargo esta vez vino acompañada con tres más de su especie, pero que no eran mensajeras sino que se habían dado cuenta de la posibilidad de comer y beber a mi costa. Las tuve que asustar para descargar, digo desenrollar, el mensaje, y para que no participaran en el desayuno de la mensajera. Cuando le volví a enrollar mi respuesta, nuevo ruido de agradecimiento y nueva cagada en la ventana, a lo que hubo que añadir la de las otras palomas, posiblemente como castigo por haberles denegado un desayuno al que creían tener derecho.</p>

<p>Mi amigo había sustituido, literalmente, el whatsapp por la paloma, de modo que esta me visitaba tres o cuatro veces al día. Incluso alguna vez la paloma se presentaba en mi ventana sin ningún mensaje, por lo que deduje que se había aficionado a mis corn-flakes azucarados. La utilizaba para contarme o preguntarme cualquier tontería. Y siempre que llegaba también aparecían como surgidas de la nada el resto de palomas a las que no me quedó más remedio que dar de comer y beber. Primero fueron tres o cuatro; a la semana ya eran unas veinte, y al cabo de un mes debían llegar a cincuenta. Todas se instalaban en la ventana y en el balcón que daba a la cocina. Pensándolo bien creo que contaminaban más la mensajera y sus amigas que el móvil que tenía antes de utilizar el sistema, porque me dejaban el alféizar y el balcón hechos un asco. Le escribí una carta convencional para explicárselo pero nunca me llegó a contestar. Como el sello que le pusieron en la oficina de correos tenía que ver con la monarquía y él era republicano quizás rompió la carta sin tan siquiera abrirla. A veces me enviaba la paloma solo para preguntarme cómo estaba o qué tal me había ido el día. Era como una especie de puente aéreo entre la casa de mi amigo y la mía, con el inconveniente para mí que su presencia y la calidad de mis corn-flakes azucarados atraían cada vez a más compañeras que querían comer. Esto empezó a ocasionar las quejas de algunos vecinos que también eran víctimas de los excesos intestinales de las palomas. A los dos meses de utilizar el sistema medio barrio ya estaba infestado de palomas, lo que provocó una reunión urgente en mi comunidad de propietarios para tratar del asunto y no tuve más remedio que asistir. Normalmente este tipo de eventos suelen ser de lo mas aburrido, por eso yo no acostumbraba a ir, pero en este caso fue diferente. Todos, sin excepción, estaban indignados y me echaron las culpas por alimentar a las palomas, pero conseguí que la sangre no llegara al rio. Al final logré calmar a todo el vecindario asegurándoles que solucionaría el problema en el margen de un mes a lo más tardar. Mientras me comprometía a ello la única solución que se le ocurría a mi cerebro, y que no compartí con nadie, era vender el piso y largarme antes de que pasara el mes prometido. Pero, claro, no es fácil vender un piso a las primeras de cambio.</p>

<p>Al acabar la reunión y para poder pensar con algo de claridad me fui a cenar al bar que había en los bajos de mi mismo edificio. Puede comprobar entonces, pues no había entrado en el bar mas que un par de veces desde que vivía ahí, que la nueva moda había llegado hasta mi barrio, o sea, que también estaba ya a cargo de un señor chino y su familia. Creo que, de momento, lo de los chinos es una invasión silenciosa y pacífica. De seguir así de aquí a unos cuantos años todo los bares y muchos negocios más estarán en sus manos. Pero a mi no me importa demasiado porque la verdad es que los chinos que suelen regentar los bares suelen ser de lo más amable y siempre están sonriendo, les digas lo que les digas y aunque lo entiendan a su manera, como aquella vez que en uno de ellos pedí un café con “lichi” y un croissant. Incluso me he llegado a plantear varias veces el ponerme a aprender chino, pero sin éxito. En este caso el chino del bar, además de amable y sonriente, me cambió totalmente la vida.</p>

<p>Me sirvió el arroz con cuatro delicias que había pedido (las tres habituales más  gambas) y se sentó, sonriendo, en mi mesa. “Plofesol nelvioso, eh?”, me dijo. Y añadió enseguida: “Tú tlanquilo, yo tenel solución”. Me dijo que le habían comentado lo de la reunión y que quería proponerme un negocio que acabaría con el problema de las palomas. Pensé que como la China ya era de hecho la primera potencia mundial podía ser interesante hacer negocios con un chino. Cuando acabé de comer se sentó en mi mesa y me dio unos sobrecitos. “Tú ponel un poco de esto en ventana y palomas quedal medio dolmidas. Entonces tú cogel palomas y tlael a mí. Yo pagal. Ploblema acabado.</p>

<p>Así lo hice y si he de ser sincero la verdad es que funcionó a las mil maravillas. Dosifiqué los polvos que había en los sobrecitos y cada día le pasaba seis o siete palomas al del restaurante chino, que se llamaba Wang, como la mayoría. Para abreviar la historia solo diré que al cabo de unas semanas los platos de la carta del restaurante habían aumentado de forma considerable. Ahora, a precios realmente competitivos, se podía comer “carne de ave en salsa picante, carne de ave con bambú, carne de ave al limón, carne de ave al estilo cantonés, aunque el plato estrella, algo más caro, era la carne de ave con salsa agridulce que solo se podía consumir bajo demanda previa. Tuve que dosificar al cuestión porque si en pocos días hubieran desaparecido todas las palomas hubiera levantado sospechas en el vecindario. Como mi trabajo de profesor suplente no me daba para demasiadas alegrías y, además, tenía el gasto extra de los cornflakes azucarados, el negocio de las palomas me ayudaba a llegar a fin de mes con una cierta tranquilidad. Hasta que sobrevino la catástrofe.</p>

<p>Tuve que ausentarme de casa un par de días. Como no quería que el negocio se resintiera le dejé las llaves de mi piso a Wang para que cogiera cada día las palomas que necesitara. Confiaba en él. No ocurrió nada, aunque yo ya tenía que haber presentido algo, porque a mi regreso me di cuenta de que hacía un par de días que la paloma mensajera de mi amigo no se presentaba por casa. Mi amigo tampoco daba señales de vida. Recuerdo muy bien que fue un miércoles. Al salir de casa por la tarde vi que el restaurante estaba cerrado y me extrañó. Justo en la esquina había un pequeño grupo de personas, todos chinos, que hablaban y gesticulaban todos a un tiempo. Me acerqué y pregunte si sabían por qué Wang no había abierto. Un chico joven me explicó que un cliente, el viernes anterior por la noche, había encontrado un cilindro de metal en el plato estrella de la casa, o sea, la carne de ave con salsa agridulce. Dentro del cilindro había un papel enrollado con un mensaje que decía “quedamos el sábado donde siempre, a las seis y media”. Había armado un gran escándalo y tuvo que intervenir la policía. Lo entendí enseguida. La paloma mensajera de mi amigo debía haber tomado por error los polvos que Wang puso en la ventana.</p>

<p>A partir de ahí los acontecimientos se precipitaron. El mismo miércoles por la noche se presentó otro chino en mi casa que se llamaba Lee. Me dijo que era el abogado de Wang. Me comentó que no tenía por qué preocuparme, pues no había dicho nada a la policía de donde procedían las palomas y que desconocía que el consumo de la carne de paloma no estuviera permitido. Les dijo que su proveedor era otro chino que, por casualidad, se encontraba en paradero desconocido, es decir, no se encontraba en ningún parte porque, de hecho, ni tan siquiera existía. La policía lo había dejado, de momento, en libertad sin cargos, y la investigación proseguía en búsqueda del chino desaparecido. El señor Lee, me dijo que Wang y su familia habían regresado, aquella misma noche, urgentemente a su ciudad natal, por si las moscas, o mejor dicho, por si las palomas, no fuera caso de que le trajeran complicaciones. Me indicó que si yo me veía en dificultades y quería, me pagaban un pasaje a China y una vez allí podríamos continuar con nuestros negocios.
El destino nunca te pregunta si te gusta lo que ha preparado para ti. Ahora vivo en un tranquilo y agradable pueblo del noroeste de China.</p>
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      <pubDate>Sat, 08 May 2021 08:19:46 +0000</pubDate>
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      <title>Suicidio</title>
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      <description>&lt;![CDATA[Suicidio&#xA;&#xA;#bernhard #relatos #ficción&#xA;&#xA;  Vivo únicamente porque puedo morir cuando quiera: sin la idea del suicidio, hace tiempo que me hubiera matado - Emil Cioran, Silogismos de la amargura&#xA;&#xA;Han pasado casi dos semanas desde que tomé la decisión de suicidarme y pienso que aún tardaré unos días más en llevar a cabo la acción misma de quitarme la vida, porque tengo claro que, como no hay ninguna razón trágica o de desesperación máxima o de problemas irresolubles que angustien mi existencia, como suele ocurrir en muchos casos de suicidio, sino, precisamente, podría decirse que todo lo contrario, tampoco es preciso materializar la acción final de una forma apresurada, y que, como se trata, en suma, de una decisión largamente meditada hasta llegar a la única solución posible, tampoco hay posibilidad de retorno. Sin embargo, repito, la decisión del suicidio no ha sido tomada por hallarme ante una situación trágica insostenible sino que los motivos por los que he llegado a esta decisión, ahora ya irrevocable, son de índole muy diversa, aunque he de reconocer, nada comunes. Es decir la decisión ya está tomada y habrá de producirse a su debido momento pero, en ningún caso debe verse apremiada por cualquier otro tipo de razón o circunstancia que no sea la de mi propia decisión para encontrar ese momento adecuado, ya que, he de añadir, que desde el mismo momento que tomé la decisión absoluta y sin posibilidad de vuelta atrás de proceder al final de mi vida, la calma y la paz más absoluta han invadido mi existencia lo cual me hace pensar que la decisión ha sido, sin ninguna duda, la más correcta o, si la sometiéramos a un análisis más profundo, la única posible, dada la situación de incoherencia en que me hallaba y me sigo hallando a pesar de la paz interior que he adquirido desde el mismo instante en que me decidí, pues si de algo puede jactarse un hombre supuestamente de bien es de intentar dar coherencia a sus acciones para que estén de acuerdo con sus propios pensamientos. Porque, ¿puede uno vivir, o mejor aún, tiene algún interés vivir con la cabeza alta cuando le es del todo imposible actuar de una forma coherente con su pensamiento? Pensamiento, por otro lado, largamente trabajado y estructurado, con argumentos sólidos en su favor, aunque no verdaderos, pues la verdad ni ha existido ni lo hará jamás. ¿Puede alguien, entonces, vivir en una profunda contradicción entre pensamiento y acción sin sucumbir en la más profunda locura? No hay, pues, que buscar razones escondidas en mi decisión ni, por descontado, someterla ahora a análisis profundos, tan solo la imposibilidad absoluta de cohesionar pensamiento y obra, pensamiento y acción, es la única razón válida y la única posible. Se trata, pues, o mejor dicho se tratará cuando llegue la ocasión, simplemente de un suicidio por coherencia.]]&gt;</description>
      <content:encoded><![CDATA[<h2 id="suicidio"><strong>Suicidio</strong></h2>

<p><a href="https://jordibargallo.writeas.com/tag:bernhard" class="hashtag"><span>#</span><span class="p-category">bernhard</span></a> <a href="https://jordibargallo.writeas.com/tag:relatos" class="hashtag"><span>#</span><span class="p-category">relatos</span></a> <a href="https://jordibargallo.writeas.com/tag:ficci%C3%B3n" class="hashtag"><span>#</span><span class="p-category">ficción</span></a></p>

<blockquote><p>Vivo únicamente porque puedo morir cuando quiera: sin la idea del suicidio, hace tiempo que me hubiera matado – Emil Cioran, <em>Silogismos de la amargura</em></p></blockquote>

<p>Han pasado casi dos semanas desde que tomé la decisión de suicidarme y pienso que aún tardaré unos días más en llevar a cabo la acción misma de quitarme la vida, porque tengo claro que, como no hay ninguna razón trágica o de desesperación máxima o de problemas irresolubles que angustien mi existencia, como suele ocurrir en muchos casos de suicidio, sino, precisamente, podría decirse que todo lo contrario, tampoco es preciso materializar la acción final de una forma apresurada, y que, como se trata, en suma, de una decisión largamente meditada hasta llegar a la única solución posible, tampoco hay posibilidad de retorno. Sin embargo, repito, la decisión del suicidio no ha sido tomada por hallarme ante una situación trágica insostenible sino que los motivos por los que he llegado a esta decisión, ahora ya irrevocable, son de índole muy diversa, aunque he de reconocer, nada comunes. Es decir la decisión ya está tomada y habrá de producirse a su debido momento pero, en ningún caso debe verse apremiada por cualquier otro tipo de razón o circunstancia que no sea la de mi propia decisión para encontrar ese momento adecuado, ya que, he de añadir, que desde el mismo momento que tomé la decisión absoluta y sin posibilidad de vuelta atrás de proceder al final de mi vida, la calma y la paz más absoluta han invadido mi existencia lo cual me hace pensar que la decisión ha sido, sin ninguna duda, la más correcta o, si la sometiéramos a un análisis más profundo, la única posible, dada la situación de incoherencia en que me hallaba y me sigo hallando a pesar de la paz interior que he adquirido desde el mismo instante en que me decidí, pues si de algo puede jactarse un hombre supuestamente de bien es de intentar dar coherencia a sus acciones para que estén de acuerdo con sus propios pensamientos. Porque, ¿puede uno vivir, o mejor aún, tiene algún interés vivir con la cabeza alta cuando le es del todo imposible actuar de una forma coherente con su pensamiento? Pensamiento, por otro lado, largamente trabajado y estructurado, con argumentos sólidos en su favor, aunque no verdaderos, pues la verdad ni ha existido ni lo hará jamás. ¿Puede alguien, entonces, vivir en una profunda contradicción entre pensamiento y acción sin sucumbir en la más profunda locura? No hay, pues, que buscar razones escondidas en mi decisión ni, por descontado, someterla ahora a análisis profundos, tan solo la imposibilidad absoluta de cohesionar pensamiento y obra, pensamiento y acción, es la única razón válida y la única posible. Se trata, pues, o mejor dicho se tratará cuando llegue la ocasión, simplemente de un suicidio por coherencia.</p>
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      <pubDate>Sat, 01 May 2021 07:49:50 +0000</pubDate>
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